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LIBROS DE VINO Y ROSAS

«Todo lo que tengo lo llevo conmigo»

Herta Müller. Siruela. Madrid, 2010. 272 páginas. 19,90 euros

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«Todo lo que tengo lo llevo conmigo»

RECAREDO VEREDAS

Muchos han caminado antes por su senda, algunos con acierto. Sin embargo su voz posee el don de la poesía, de una lírica concisa y plena . Y la contundencia de una prosa segura, capaz de conseguir la certeza sin apenas esfuerzo.

Pero la obra de Herta Müller no solo resulta necesaria por estas causas, a las que podrían unirse su sinceridad y su ausencia de delectación ante el dolor. Es imprescindible porque sirve de advertencia ante el cercano -mucho más de lo que aparentamos creer- regreso de la sinrazón a Europa.

En «Todo lo que tengo lo llevo conmigo» (Siruela) elabora una intensa reflexión sobre el lenguaje de la supervivencia, aquel que conduce a su narrador a considerar la descarga de carbón un deporte elegante, tanto como la equitación o el esgrima. Y sobre cómo las situaciones extremas conllevan un nuevo canon emocional: anulan lo que el propio protagonista considera obligado o razonable y lo sustituyen por el dictamen del ángel del hambre. Por una lógica de la supervivencia que puede y suele conducir a comportamientos que, en otro contexto, consideraríamos salvajes.

Gracias a esa sinceridad entendemos, con las irremediables limitaciones de la palabra escrita, la desazón que siente el protagonista cada mañana, después del sueño, cuando comprueba que el paisaje del campo no ha cambiado. La lucidez del narrador, su falta de excusas y de pudor, regalan la imprescindible verosimilitud, conseguida sin renunciar a la belleza de una prosa que, en ocasiones, se emplaza en la cercanía de la mística, de poetas como Paul Celan: «Cuando el ángel del hambre me pese, engañaré a su balanza».

Un libro profundamente humano en el que, «cuando canta un cisne, siempre está ronco».

El narrador demuestra su certeza sin afirmarla: creemos en sus palabras desde la primera línea. Su voz fracturada, su discurso lúcido, aunque roto por el dolor que le causa la memoria del pasado no está exento de contundencia y riesgo. A veces describe una escena decisiva mediante un solo detalle, en apariencia secundario, que permite al lector imaginar con vigor el resto de elementos. Por ejemplo los vigilantes, los agresores, apenas aparecen. Son sombras que cercan y condicionan lo visible, cuyos actos no admiten previsión alguna. Adquieren, por lo tanto, una condición casi divina. Los capítulos poseen sentido por sí mismos y podrían constituir pequeños relatos, ejemplo claro es la amarga fábula «Así eran las cosas». Sin embargo están sólidamente enlazados y contribuyen sin fisuras a la coherencia.

En «Todo lo que tengo lo llevo conmigo» Herta Muller continúa la indagación de un pasado complejo, lleno de esquinas y oscuridad. Su mirada se posa en un tiempo desconocido, marcado por una represión brutal que, por las extrañas encrucijadas de la Historia, no ha tenido quién lo narre: «Ninguno de nosotros luchó en ninguna guerra pero para los rusos éramos culpables de los crímenes de Hitler por nuestra condición de alemanes». Ha escrito, concluyendo, un libro profundamente humano en el que, «cuando canta un cisne, siempre está ronco».

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