Concejal y madre contra la droga
Milagros Hernández, edil de IU, acaba de vivir literalmente en sus propias carnes la violencia familiar desatada por la toxicomanía
carlos Hidalgo
La habitación 2311 del Hospital Gregorio Marañón está al final de un pasillo de la segunda planta, en la unidad de Cirugía III. Seis ramos de distintos tamaños, con rosas, claveles, margaritas y gladiolos, dan buena cuenta de que, al otro lado de la puerta, descansa una persona muy querida. El color predominante de las flores, el malva, nos habla de que la lucha por los derechos de la mujer son el «leit motiv» de la paciente. Y el escolta que se aposta entre el ojo de buey de la puerta y la mirada curiosa del periodista confirma que en la 2311 es donde espera el alta hospitalaria Milagros Hernández Calvo , de 59 años y concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Madrid. Lleva en el tórax, el abdomen y la cara las marcas físicas de su peor pesadilla.
No ha sido uno de esos extraños lances de violencia que, cada vez más de vez en cuando, sufren los políticos por sus ideas lo que la ha postrado allí. Tampoco un atracador, una mala caída o un despiste al volante, no. Su propio hijo o, mejor dicho, la enfermedad de Santi, la maldita droga, la sacó de casa en ambulancia una medianoche ensangrentada y con tres heridas (la del amor, la de la muerte, la de la vida, como el poema más simple), más una cuarta, la de del corazón, que poco sabe de quirófanos. Milagros ya está en casa, recuperándose y deseando volver a la vida política, de la que nunca se ha terminado de ir. Santi ya duerme entre barrotes, pensando, quizá, que no hay peor cárcel que uno mismo cuando la vida ya no parece vida. Esta es la historia de una edil del principal Consistorio del país. Pero también la de una madre enfrentada a un problema que, como una feroz metástasis, corroe el destino de decenas de miles de familias. De izquierdas y de derechas. Ricas y pobres. De aquí y de allá. La vida misma. La misma vida.
Milagros, la concejal, se ha batido el cobre en la lucha social de puertas para afuera : recogida de ropa, atención a inmigrantes, asambleas vecinales... «Entró en IU en los años 80, en la época más dura del barrio, y siempre ha estado ahí, con los más desfavorecidos», nos explica un vecino y simpatizante del partido. «Siempre ha estado muy involucrada en el barrio, tanto organizando la famosa Fiesta Naval como dando charlas sobre la Ley de Dependencia o contra el “Basurazo” de Gallardón . Pero también ayudando a los toxicómanos , por su hijo», nos explica una compañera de la Asamblea de IU de la calle de la Sierra Carbonera.
Ella misma, el pasado 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, explicó públicamente « lo complicada que es la vida con los problemas de las drogas en las familias ». En efecto, ya en su piso de Vallecas, de puertas para adentro, «Mila» se convertía en la vecina del 2º, la madre viuda que bregaba con el problema de Santi, el hijo de 36 años para el que pide un centro de desintoxicación, y no pena de prisión.
Se negó a darle dinero
El día antes del suceso, Milagros ya tenía puesto el pie en el acelerador de la campaña electoral en ciernes. Va de número 2 de su partido y, muy conocedora de la fuerza del movimiento vecinal en Vallecas, buscaba locales donde dar charlas. Aquel viernes, a las once menos veinte de la noche, los vecinos del piso inferior al suyo escucharon los gritos: «Nosotros, mi marido y mis dos hijos, la socorrimos», indican, mientras, desde el interior de la vivienda, una voz joven resume lo que allí se encontraron: «¡Estaba muy mal, muy grave!». Tuvieron que ser cuatro los policías que neutralizaron a Santi en la calle, que esgrimía aún el cuchillo de cocina con el que había mandado a su madre a la UCI tras pedirle un dinero que de muy seguro emplearía mal.
«Es un chico con un pasado muy triste, una de las muchas historias dolorosas de este barrio, de los toxicómanos que han intentado dejarlo varias veces y que paran por el Bulevar de Vallecas », resume un agente que se lo patea a diario. «El hijo de la concejala», como le conocen quienes coincidían con él en el reparto de metadona, tenía tres reseñas policiales por robos.
Mila y Santi, Santi y Mila, son los protagonistas que ponen nombre y cara a una historia que se repite a diario en familias anónimas. Milagros, que compareció ante los medios al salir del hospital, prefiere no volver a hablar, solo pide respeto. «Y ya ha vuelto a pisar las calles de Vallecas —dice un amigo—, y a visitar a sus gentes».