aNTONIO PIEDRA
NUEVO Delegado del Gobierno en Castilla y León: Ramiro Ruiz Medrano. Saltaba a la vista el desaprovechamiento ontológico que, en estos tiempos de carestía —unos políticos montaraces, y más vacíos que el tuntún, soltando lo que les place mientras el resto escucha las barbaridades que menos nos gustan—, aparentemente, se estaba imponiendo en la Meseta. Me refiero al dique seco en el que transcurría, desde las pasadas elecciones municipales, la actividad política y personal de Ramiro Ruiz Medrano. Con una antelación discreta, y mucho antes de las mencionadas elecciones, se había auto excluido de las listas municipales para encabezar un nuevo mandato en la Diputación de Valladolid que hubiera ganado con la gorra y sin decir esta boca es mía.
A Ruiz Medrano le hubiera bastado con un saludo al tendido para sembrar confianza. Por tanto, electoralmente al menos, le sobran avales para ser Delegado del Gobierno en Castilla y León. Su buen hacer, su personal discreción en todo que parecía extraído del manual del buen diplomático —es urgente esperar un poco en lo difícil, y aplazar las urgencias de lo más fácil—, su estilo dialogante hasta agotar con sumo tacto el recorrido habitual y durísimo que existe entre dos puntos equidistantes, su talante de cercanía cordial —siempre buscando el consenso de los demás sin traslucir para nada los embarques del político— que nunca perdió ni siquiera en los momentos más difíciles de su largo mandato, y su apego a las verdades del barquero —se salía de su despacho sabiendo que en lo hablado no cabía trampa ni cartón—, traslucían una figura poco habitual en política.
Quiero resaltar con esto algo elemental: Ramiro Ruiz Medrano ha avanzado en política con una praxis muy distinta a la que estilan ciertos políticos progresistas. Para el portero de Renedo, tiene poco o escaso sentido erigirse en abanderado de la propia marca o en exponente meritorio de las consignas metódicas emanadas exclusivamente desde el aparato del partido. Por esto mismo, lo primero que dijo el ex presidente de la Diputación de Valladolid, nada más conocerse el viernes su designación oficial, fue que quiere ser el Delegado de todos los castellanos y leoneses. Y punto. Una expresión tópica donde las haya, pero que en él, precisamente, adquiere pleno sentido, porque tiene atemperadas las ambiciones personales y las partidarias.
Y es que a este filólogo —que a pesar de la exclusividad política busca como sea un tiempo de sosiego para hacer su tesis doctoral—, no se le caen los anillos por barrer en los atrases del partido que representa. Se le veía tan a gusto y centrado en la segunda fila de las instituciones y del poder —vicepresidente de las Cortes regionales— que ahora, como Delegado del Gobierno en Castilla y León, le ocurre como a aquellos humanistas que ya no abundan: que no sólo no exageraban sus propios valores, sino que tampoco lo hacían con la propia modestia. ¿Que lo tiene difícil? No, hombre. Facilísimo. Tras el zapaterismo imperfecto de Alejo, el humanismo de Medrano será cuestión de coser y cantar.