TRUJAMANERÍAS
Lecturas tóxicas
Me da que a Harwicz le pasa factura tanto su personalísima posición en el campo literario (periférica y provocadora) como —pensando mal— la pura envidia
El avispero cultural anda agitado con la censura a Ariana Harwicz en un festival en Granada: suma y sigue, porque es la segunda vez tras la Feria del Libro de Madrid y es todavía peor porque ahora ocurre en la ciudad de las tres culturas.
Vivimos en una peligrosa paradoja: censurar en tiempos de una libre libertad libérrima, porque algo (una opinión, pose, origen) no gusta. En este caso, me da que a Harwicz le pasa factura tanto su personalísima posición en el campo literario (periférica y provocadora) como —pensando mal— la pura envidia: y es que no a todo quisqui le hace una peli Scorsese ('Die my love', a partir de 'Mátate, amor'). Y las que quedan.
Más allá del caso, el problema es de los gordos y vale para Céline, Luisgé Martín o Quevedo: ¿qué hacer con autores y textos incómodos, que pueden parecer radioactivos o tóxicos? ¿Se puede leer a un escritor que dice o hace barbaridades? El ejemplo quevediano es paradigmático: tiene de antijudío, misógino, reaccionario y casi todos los defectos para la sensibilidad contemporánea, con el único perdón de ser un tanto «crítico» con los poderosos de entonces, pero es una idea que necesita comillas y matices.
No podía ser de otra manera y es claro que puede causar un impacto (o cortocircuito) y un problema a la hora de leer y enseñar sus obras: por lo tanto, hay que contextualizar, que no equivale a perdonar. Ni mucho menos a simpatizar ni identificarse: leer el soneto 'Érase un hombre a una nariz pegado' no te hace antisemita, como tampoco leer 'Lolita' vuelve pedófilo, salvo que de la literatura se pase a la propaganda, que es otra cosa. Hay que distinguir y sacar partido de esta experiencia educativa: para eso, hay que ser inteligente y tener algo de sentido común, aunque ya dijo el otro que es el menos común de los sentidos.
La respuesta a la pregunta sobre los textos tóxicos sólo puede ser la lectura: no censurar, edulcorar ni ocultar, sino tratar de entender cada autor y texto en su contexto para explicarlos, señalar los cambios y los errores del ayer al hoy y, así, aprender y —si se puede o quiere— mejorar. En dos palabras: leer siempre, a ser posible antes de opinar porque sí. Y, volviendo a la literatura, las novelas de Harwicz valen la pena, que es lo que cuenta.