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TRIBUNALES

Mercedes Alaya, la juez solitaria del «caso ERE»

La instructora del fraude en la Junta de Andalucía apenas se relaciona con sus compañeros y no se fía de nadie en el juzgado

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Mercedes Alaya, la juez solitaria del «caso ERE»

MERCEDES BENÍTEZ

El anecdotario de la juez de instrucción más conocida de España da para escribir, si no un libro, al menos una revista. Podría ser una publicación jurídica porque la juez demuestra a diario su conocimiento del Derecho. Pero también serviría para ilustrar una revista de moda ya que la temperamental juez no deja al azar la indumentaria con la que acude cada día al juzgado, cuidada hasta el más mínimo detalle.

Entre los abogados y los periodistas casi permanentemente de guardia a las puertas de su juzgado no ha pasado inadvertido que su señoría escoge vestidos de colores muy llamativos -el último, rojo vivo- cada vez que hay en marcha una operación policial relacionada con el caso.

Pero, además del desfile de moda que puede aparentar el hecho de que elija cada día cuidadosamente el vestido o los zapatos que se calza para no repetir modelito, sin duda lo más destacable en su personalidad es el temperamento y su especial modo de instruir. Alaya, que rechazó a los dos jueces de apoyo que le puso a su disposición el TSJA (tanto a Ana Rosa Curra como a Rogelio Reyes), trabaja de una manera muy particular.

En general, no se somete a ningún horario establecido y no da explicaciones a nadie. Aunque nadie duda de su capacidad de trabajo (y tampoco de la intelectual puesto que tiene en su cabeza los casi 30.000 folios de sumario) es poco amiga de los horarios y casi siempre va a contracorriente.

Horario particular

Normalmente, nunca llega al juzgado temprano. Lo mismo lo hace a las once de la mañana que, otras veces, por la tarde y se queda hasta la noche. Aunque da lo mismo porque sabido es que se lleva el trabajo a casa en su inseparable maleta de viaje. Y a nadie se le escapa que Mercedes Alaya se reanima cuando anochece. Las principales declaraciones de los ERE las ha tomado siempre de noche o incluso de madrugada . Como cuando mandó al exconsejero Antonio Fernández a la cárcel al amanecer del martes de Feria . Y en cuanto a las comidas, la juez, que luce una estilizada silueta, es capaz de pasarse todo un día sin salir del juzgado. A base de botellas de agua o barritas de la máquina de aperitivos.

Quizás esa poca afición a unos horarios reglados es una de las causas de que la relación con la Fiscalía Anticorrupción se haya ido enfriando en los últimos tiempos. Los fiscales ya no ocultan su enfado por el hecho de que la juez les haga esperar hora y media (y a veces ha sido más, aunque últimamente parece estar enmendándose). Pero tampoco, además de recurrirle algunos autos, se cortan en mostrar su enojo por el hecho de que tarde días en notificarles los autos o incluso no les comunique con suficiente antelación cuando va a poner en marcha una redada como la última. De hecho, en la Operación Heracles II, los fiscales se enteraron por la prensa.

Carácter altivo

Ese distanciamiento está también relacionado con su carácter altivo. Prácticamente, Alaya no saluda a nadie. Pero también con unos grandes recelos que hacen que no se fíe ni de su sombra y que no permita que graben sus comparecencias. Ni siquiera el secretario puede acceder, a veces, a las diligencias que practica. La juez solo se fía de su funcionaria de cabecera, la incondicional Charo, y de los agentes de la UCO de la Guardia Civil. Pero de nadie más.

Será por eso que la juez, que tiene su propio club de incondicionales y hasta un hashtag de apoyo, no saluda cuando una se la cruza por el pasillo o incluso llegó a recriminar hace algún tiempo a los funcionarios de su juzgado que hablaran con los periodistas. Nunca sale a tomar café y solo habla con el decano de los jueces (que a veces la acompaña hasta el taxi) o con unos pocos letrados: los que la adulan señalándole lo estupenda de su figura. Ella prefiere la soledad.

Pero esa altivez no es óbice para que la magistrada no lea, sino que devore, la prensa. Y que ello se refleje hasta en sus propios autos en los que, además de reproducir páginas de periódicos, ha llegado a hablar de «la paz social» o de la trascendencia mediática de sus resoluciones.

Y que a veces se deje llevar por su temperamento y le riña a los imputados: «Me está mintiendo», le espetó a uno mientras que a otro le dijo «déjese de teatro». Con todo, Alaya, la juez a la que los sindicalistas a los que ahora tiene contra las cuerdas se han atrevido a llamarla «fea» u «hortera» , sigue adelante inasequible al desaliento desde su pedestal del juzgado. Pero siempre sola.

Mercedes Alaya, la juez solitaria del «caso ERE»

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