OPINIÓN
Felicidad pública
«Si alguien manda es un poderoso caballero llamado don Dinero, dueño que conmuta la comunicación para hacerla incomunicativa o 'woke', en vez de priorizar la calidad y la diversidad de opinión»
Toledo
El día había empezado hablando sobre los efectos deseducadores, el rango del abatimiento y el destino de un destello distinto al natural de cualquier persona coherente. Tenía en mis manos un poema escrito de mi puño y letra que servía de constelación iluminada para ... preservar la felicidad, la misma felicidad de la que presumió Jovellanos, una expresión cultural nada egoísta o decididamente individual que, a decir verdad, puede servir de poco, ya que la realidad disuasoria, aparte de controvertida y somnífera, a día de hoy, manifiesta eslabones anclados a la inconmutabilidad o al irraciocinio, hablo de la facultad humana de ir en contra de la cordura que evalúa las ideas auténticas.
Luego me contagié de una sonrisa destemplada y tomé una ducha ligera.
Promover valores externos fuera de los sentimientos, aparte de una variación alejada del alma y el desaliento, sirven para mantener una pelea impecable contra la expresión culta que porfía con el camino donde se adoquinan las huellas del recorrido, una determinación exagerada, así que salí del agua, me senté frente a la pantalla del televisor y empecé a imaginar alternativas a la degradación. Estaba cansado, estaba triste, estaba lejos de mí, pero dentro de todo, y me propuse encontrar sentido a una historia a la que desde el principio le adiviné el final.
El pentagrama silencioso de su texto y la propiedad del estilo, como si fuera una prenda íntima, arrancaba una parte de mí y sucumbí al esfuerzo intelectual de tener que aceptar una gravedad instantánea, me sentía igual de desarmado que desde el momento que yací en las manos que controlaban la latitud de mi ser.
Las noticias que emitía el televisor, lejos de confortarme, me soliviantaban.
Fui a la cocina, tenía hambre, pero no comí nada, tenía sed, pero tampoco bebí, regresé a mi cuarto, quise dormir, y no pude, entonces contemplé la transgresión del paso del tiempo y tendí mis piernas sobre los cojines del sillón, mientras que una pelota futbolera retumbaba en la pared de la casa del vecino, una casa decorada con banderas lesivas, nada de cuadros hermosos o libros prácticos, conque, entendiendo los asuntos que jamás tendremos en común, descubrí un latifundio de seguridades solitarias, cerré los ojos, y durmiendo sin poder dormir, porfiando sin inmiscuirme en el teblor de la pared, sobre todo almibarado con el fin de sentirme firme, algo, a la postre que no pude conseguir, así que intenté pasar página.
Creo que mi cerebro está desarrollado por fases de lucidez, el peso de la mochila es inmenso y en parte, soy la pata del escarabajo de la metamorfosis de Frank Kafka, una persona recién levantada de su cama sin un apoyo esencial para caminar y esto, qué quieren que les diga, resulta tormentoso.
Luego leí un rato más y comprendí que alimentarme a mí mismo cuando me quedo solo frente a una ventana mirando el horizonte se resume en dos palabras: Esperanza o desolación.
Expectativa asoladora la mía.
Solté el libro.
La aberración televisiva, como al retroceso al que se está abocando a la palabra democracia, me hicieron saltar al vacío para reencontrarme con el desorden matemático por encima de la lógica educativa. Prohibido salirse del guión, decir la verdad o porfiar contra el adoctrinamiento. Si alguien manda es un poderoso caballero llamado don Dinero, dueño que conmuta la comunicación para hacerla incomunicativa o 'woke', en vez de priorizar la calidad y la diversidad de opinión.
«Me asomé al balcón y, viendo pasear a las familias con sus hijos pequeños, me removió pensar que será de estos niños cuando sean mayores»
Fernando Novalbos
Me asomé al balcón y, viendo pasear a las familias con sus hijos pequeños, me removió pensar que será de estos niños cuando sean mayores. Eran perseguidos por lobos que silenciaban sus pasos para que parecieran corderos. Entonces apareció mi vecino del cuarto con su bandera lesiva, apropiándose de la calle, retorciendo las ramas de los árboles, apedreando los cristales de las ventanas y, peor aún, dando gritos a los presumibles sumisos, creyendo ya estar en un estado totalitario, y arengando a estas personas pacíficas para tenerlas a su disposición.
Bajé a la calle, y allí no había nadie, tampoco nadie se había callado, ni nadie, por su puesto se callará, entonces apareció una avalancha floreciente con una pancarta que decía: Quien crea en los efectos deseducadores, empiece por creer en la educación.
Luego volví a subir a casa, y en el ascensor, me encontré con mi vecino del cuarto y la bandera lesiva hecha jirones.
No tuvo palabras para herirme.
Ser vecinos y mantener contacto en la distancia corta, parece ser el mejor remedio para no tener consecuencias dolorosas.
Después me consolé leyendo mi poema y así preservar la felicidad, la misma felicidad de la que presumió Gaspar Melchor de Jovellanos.
Me refiero a la felicidad pública.