BAJO CIELO
Cosas que el dinero no puede comprar
En tiempos de la inmediatez y de las redes sociales, la privacidad se ha convertido en una necesidad
Íñigo Onieva tiene razón. Lo de no querer que su nuevo Vega Members Club sea un lugar exclusivo de un nicho concreto tiene más sentido de lo que parece. Pero se malinterpretó su intención porque él habló de equilibrio, de variedad y por supuesto, ... de calidad del socio. Y es ahí donde radica la diferencia. La invasión de rusos en los clubes londinenses fue un relato del fin de las viejas formas. Lo que empezaron siendo sitios para consumir café y pesarse las raciones de alcohol en la báscula de Berry Bros, terminó siendo una broma de mal gusto que estropeó la avaricia. Los ingleses siempre cojearon de la misma pierna. Todo St. James Street terminó siendo lo mismo: una sucursal hortera de dinero sucio de oligarcas y hampones.
La moda castiza que arrasa en Madrid son los clubes privados. Ya estaban el Nuevo Club y la Gran Peña, pero abrieron Forbes House, Matador, el Monteverdi de Almagro, el Pinar, el próximo Soho House o el del Edificio Metrópolis del cruce del Madrid de Broadway. Allí se tiene una azotea que asusta y mira a la Puerta de Alcalá, y en la que todos posan para hacerse la foto. De eso quiere huir Onieva con su Vega. Porque hay aspiraciones que no debe comprar el dinero y son precisamente entre esas grietas, donde no cabe cualquiera.
En el Club de los Zánganos, The Drones Club de Woodhouse, se establecen tres normas fundamentales a la hora de admitir nuevos socios. La primera es no estar casado. La segunda, no tener estudios superiores universitarios. La tercera y más importante: no tener trabajo ni profesión reconocida. De este modo se quitaban de encima a los nuevos ricos que levantaban Londres en proyectos inmobiliarios, banca de inversión y demás retornos de alto 'standing'.
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En el White's Club tenían una arraigada tradición con un libro de apuestas. Beau Brummel, ese primer dandi que revolucionó la moda de caballero, se apostó con otro socio quién podía saludar con más elegancia a un desconocido en la calle. Una de las ventanas del club sirvió en otra ocasión para jugarse miles de libras entre varios miembros. La apuesta fue una trepidante carrera entre dos gotas de agua para ver cuál llegaría primero al quicio de la ventana. Aunque la que más participación suscitó fue sobre el político Charles James Fox, y en concreto, sobre la fecha exacta en la que perdería la vida. Su pertenencia al Brook's Club era imperdonable.
Que Cristiano Ronaldo sea socio fundador del Vega es inquietante, pero es cierto que antes los futbolistas no aparecían en la portada del Hola y que, además, estamos hablando de uno de los mejores jugadores del Real Madrid, así que podemos hablar de brillantes excepciones. La realidad es que los tiempos cambian y encontrar un refugio a salvo de cotillas y de coñazos que quieren saludarte para colgar una foto en las redes sociales es una preocupación para muchos. Lo que también debería llamarnos la atención es el origen del dinero de algunos de los riquiños que se pasean por el barrio de Salamanca tras saquear países enteros. Y es ahí donde Onieva está poniendo el corte de acceso.
Hace no mucho, un bolichico muy solicitado se paseaba en el avión de su padre haciendo inversiones en empresas españolas. Su dinero quitaba el hipo de los emprendedores patrios y no importaba el origen sino el destino. Muchos ceros en la cuenta y muchos ceros en la moral de quienes lo recibían como un faro de liquidez cuando se trataba de un sinvergüenza de poca monta. Muchas veces, lo obsceno se diluye por llevar camisas a medida y hay que estar al loro de no admitir a determinadas personas por mucha viruta que estén dispuestos a gastar. Porque, generalmente, el golfo ladrón no se instala en Tetuán ni en Vallecas. Lo hace, con dinero robado, en los barrios donde mejor se vive y más se gasta.
En tiempos de la inmediatez y de las redes sociales, la privacidad se ha convertido en una necesidad. Pero mucho más importante que la privacidad es tener un control sobre quiénes tratan de pasar por empresarios de éxito cuando son una panda de ladrones y amigos de la tiranía. Madrid no sería tan Madrid sin los americanos que la habitan. Pero no confundan dinero sucio con dinero a secas. Íñigo Onieva tiene razón. Hay cosas que la pasta no puede comprar.