La pasión o un Vía Crucis en plena Navidad
El Museo de Bellas Artes de San Fernando, por segundo año consecutivo, expone intencionadamente separadas las figuras de José Ginés Marín, que formaban parte de un Nacimiento Real encargado por Carlos IV
MADRID
En el relato bíblico, la Matanza de los Inocentes decretada por Herodes sólo aparece en el Evangelio de Mateo y en los apócrifos. Sin embargo, tanto la masacre a los infantes dictada por el cruel rey de Judea como la Huida a Egipto ... son parte inmaterial del Belén, del mismo modo que el belenismo es patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Hablamos de una muestra para adultos, así lo dicen los carteles, pero la exposición que estos días alberga el Museo de Bellas Artes de San Fernando, la 'Matanza de los Inocentes', del escultor alicantino, José Ginés, da muestra de que, incluso en algo tan tierno como un Nacimiento, hay espacio para el horror. Un horror que se explica en esos 20 grupos escultóricos (aquí el término es meramente explicativo, las esculturas andan exentas, llegando al medio metro), pues en el concepto expositivo, las figuras, modeladas en barro y con ciertas concomitancias con el 'Laooconte' -dicen en el Museo- dan idea de los estados del ser humano frente a la muerte injusta.
Preguntaba con razón el poeta si el «espanto podía dar lirios». Y aquí sí que lo dan; acaso porque era como comentaban dos visitantes en ésta, una exposición mañanera de Navidad. Lucía y su suegra valoraban en voz alta: «El detalle es tanto que en el barro, y piensa en el artista, que la lengua está perfilada independientemente de la boca. Maravilloso. Es el segundo año que venimos».
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José Ginés (Alicante 1768- Madrid 1823), que llegó a a ser escultor de cámara de Fernando VII, creó esta escena navideña por encargo de Carlos IV, entonces Príncipe de Asturias, para su Belén Real, pero hoy, descontextualizada 'ex profeso' su obra, el color, el propio barro, el dolor de una madre con un hijo muerto y velado con una leve tela universalizan el Arte, así como el de un puñal afilado en barro que da grima contemplarlo. Es el barroco cuando se sabe, se ha estudiado, en exceso.
Separadas las tallas, para ver el oficio del artista, el detallismo enfoca el 'rigor mortis' de un bebé, la mirada ida del ejecutor por encargo. Y el alma queda tocada.
Si han pasado dos milenios y pico de esos sucesos, el Hombre no ha cambiado y las miradas son actuales porque Ginés, academicista como había que serlo, sabía de lo que moldeaba. Decía Carmen Gómez en la exposición, médico jubilada, que el mérito de José está en los rostros de las madres, «que no hay nada más grande que dar la vida por un hijo». Sí, es cierto, y así vuelven a señalarlo los carteles para adultos en un Nacimiento con río y pastores, la sensación sería otra.
Pero hay un lienzo de Luca Giordano dulcificando la exposición por serendipia, la serendipia de un museo. Y una talla de Ginés, la del velo en el bebé muerto, que es una Piedad en toda regla. Con una dulzura y una «finezza» que el artista mediterráneo se permitió y que, al final de la sala de exposiciones del Museo de Bellas Artes, donde precisamente Ginés estudió, el público, por ser de las últimas del recorrido, se lleva un consuelo de Humanismo. Añádase que adjunta a la muestra navideña hay un vídeo sobre el propio Museo. Y la música, quizá Vivaldi, serena las ánimas del público.
Y fuera, muy afuera, suena Mozart medio afinado. Una catarsis navideña. Apenas hay guía. El horror en el Arte. Al desnudo. Al lado del rumor de Sol.