El 'tardeo' se adueña de los mercados de barrio: «Los hijos no quieren seguir en el puesto, es muy sacrificado»
Los bares son una forma de supervivencia y compran su producto a los tenderos que, a falta de relevo generacional y sin gran clientela, temen cerrar sus negocios dentro de pocos años
Hace décadas que apareció una estudiante en la frutería de Manolo, en el vallecano Mercado de Numancia, y compró dos peras y dos manzanas. Pasaron días y años, un anillo apareció en su anular y su compra habitual se dobló. Después creció la familia y ... pasaron a ser ocho de cada. Pero una mañana volvió, como ya era costumbre, y solo pidió dos peras y dos manzanas. Se había divorciado y, por un momento, Manolo vio de nuevo aquella estudiante en piso compartido. Como la suya, las historias de otros tantos clientes que no han fallado a lo largo de los 41 años que lleva tras el mostrador el negocio que abrió su padre. Pero como él son pocos los que resisten, pues en los mercados de barrio es ya frecuente que bajen las persianas los tenderos de siempre y las suban bares de nueva apertura, que atraen un mayor flujo de clientes.
Entre abastos y hostelería, lejos de luchar por un cliente cuyo perfil no es compartido, se ha forjado una simbiosis y consumen su producto entre ellos: «Los bares tratamos de comprarles a los puestos para ayudar a cubrir los gastos de los pocos que están», sostiene Boris, dueño de la taquería Valletako, también ubicado en el mercado que está a un paso del estadio del Rayo. Es su manera de respaldarlos y de ella surgen gran parte de los ingresos a quienes sostienen este tipo de comercios. Porque parece que un mercado cabe un barrio, y uno que se da la mano. De hecho, «este se hizo famoso por los bares, porque hace años empezaron a irse todos y ahora más o menos están atrayendo a gente», cuenta José, el nuevo carnicero.
Su presencia se ha convertido en la manera en la que sobreviven y el de Vallecas no es una excepción, sino la norma. En el Mercado de Vallehermoso, en Chamberí, hace ya tiempo que conviven restauración y abastos. O en el municipal de Ibiza, en Retiro. Es en este último donde ha rechazado José la posibilidad de instalar una carnicería. «Y mira que la tienda es...», dice, de lo grande y bonita. Pero cree que allí habría estado abocado a un cierre incluso más temprano del que eventualmente espera en Vallecas, donde la abrió el pasado viernes. Qué hace entonces José, si piensa que «esto al final va a desaparecer», emprendiendo y contratando a diez empleados. Pues que «quien no arriesga no gana» y la suya es una apuesta por las calles que le han visto crecer y donde sabe, porque es tan «obrero» como su barrio, que en él la gente «sabe lo que es bueno».
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Entre ellos son conocidos, pero la historia de estos lugares es también la de Madrid y precede incluso las existencias de quienes ahora lo sostienen. El Mercado de San Miguel comenzó su andadura hace cien años, inaugurado como de abastos desplazados con el tiempo por la gastronomía, que ha sustituido los antiguos comercios pero le ha insuflado más años de vida. El Mercado de La Paz, en el barrio Salamanca, llegó todavía antes, en octubre de 1879. El vallecano abrió en 1984 sobre lo que antaño fue un matadero de burros. Y cuenta el frutero, Manolo, que en el año 2000 todavía estaba toda la planta abierta de comercio de alimentación. «Poco a poco ha ido en decadencia, pero es lo que quiere la gente», prosiguen sus recuerdos.
En estos mercados surgen restaurantes que reciben honores más allá del vecindario, e incluso cosechan galardones. Ocurrió con la taquería Valletako, que se alzó con el premio al mejor taco de España en 2024 y, ahora, son numerosos los que la conocen y visitan. La regenta Boris, un mexicano que apostó por el lugar para hacer de él su refugio, y lo consiguió con creces. «El mercado lo hicieron alrededor del puesto», se ríe uno de sus clientes y, aunque hiperbólico, los bares devolvieron la vida al mercado cuando sus ventas se desplomaban. Son tres los que se reúnen esa tarde en torno a una mesa, pero muchos más los que lo hacen los fines de semana y en días que juega el Rayo, aunque ellos no frecuentan los otros comercios. «Había un montón de señoras que venían a hacer la compra», dice el mismo. ¿Y ahora? «Ahora solo venimos señoras borrachas a emborracharnos», bromea otra.
Boris suma ya dos décadas en la capital y no supera los tres en un mercado en el que «la gente se va haciendo vieja y los hijos no quieren continuar porque es muy sacrificado». Su puesto fue antes un bar, pero más antiguamente una frutería y todavía hay quienes la recuerdan. «La gente llega, recuerda que era una frutería y me empiezan a contar las historias», dice, con cierta pena porque intuye que negocios como el suyo, aunque suponen la salvación de este tipo de mercados, también modifican su esencia. «A veces me pongo a pensar en lo que se ha gentrificado en los últimos tres años. Nosotros, afortunada o desafortunadamente, contribuimos al ser tan importantes en el mundo mexicano y tener tantos reconocimientos», apostilla.
Junto a su negocio, Pizzakore, de Juan. Cuando él llegó hace casi cinco años ya había unos cuantos bares, cuyo número ha aumentado en este tiempo. «La gente reivindica mucho, pero luego no viene a comprar. Les tira lo fácil», lamenta, porque los hábitos de consumo han cambiado, y también se ha encarecido la cesta de la compra. Al principio, en el mercado eran dos plantas y ahora, la superior es un gimnasio. Cuando fue un supermercado, a muchos «los mató». Juan es firme defensor del modelo de negocio en el que consume por la cercanía y calidad de la que considera que carecen las grandes superficies. «Yo al del supermercado no lo conozco. Me va a salir más barato, pero aquí conozco al trabajador, a sus hijas, a su mujer. Me sale más caro, pero sé que siempre va a estar ahí», sentencia.
Los clientes fijos se preocupan de una posible vida después de su cierre. Pero cuando Manolo se jubile, ve «inevitable» la clausura de la frutería porque sus hijas se niegan a heredar un negocio. Han visto el sacrificio de su padre cada mañana, no quieren lo mismo. El relevo generacional es escaso en estos trabajos. «Ninguno», en su caso. A ello se suma que los clientes ya no son los mismos que al principio, sino menos, atraídos por las grandes superficies. «Los que vienen a los mercados es porque saben valorar la profesionalidad», sentencia. La misma opinión comparte Juan, cliente que se acerca a por sus verduras de siempre y «nada más». «Se están perdiendo los barrios», afirma, sentencia que se repite, como un eco, al otro lado del mostrador. Los días de mayor afluencia en los mercados son, sin atisbo de duda, los fines de semana, cuando prácticamente todo se llena. El resto de días, dicen, toca «sobrevivir».
Digitalización y publicidad
Dentro del barrio, el boca a boca es lo que funciona. Pero en comercios de nueva apertura, como la carnicería Las Tres Encinas, la publicidad cobra importancia y así lo admite su dueño. «Estamos intentando atraer con publicidad y con los precios, ofertas, descuentos... Llamando la atención un poco», asegura, sobre estos inicios. Al margen de sus acciones individuales, las páginas web de los mercados han sido potenciadas, como también los anuncios y las redes sociales, que cobran vital importancia en una sociedad movida por lo digital.
Desde el año 2025, por medio de la Estrategia Integral de Fortalecimiento de la Actividad Comercial y Hostelera de Madrid 2025-2027, el Ayuntamiento de Madrid ha invertido 95 millones de euros para tratar de apostar por el emprendimiento y aumentar su tiempo de vida a través de reformas, digitalización y la atracción de gente joven a estos empleos para superar las carencias de relevo que amenazan los puestos que todavía resisten. Desde el Consistorio apuntan que continuarán haciéndolo para defender la identidad madrileña.