En las pasarelas de moda ya no se muestra ropa, sino imagen. Imagen de marca, que es lo que interesa vender; ninguna mujer va a salir a la calle con un pecho fuera, o con los dos velados por una gasa transparente, o con una abertura lateral hasta más arriba de la cadera. Entre otras cosas, porque la mayoría no se lo puede permitir, y nadie vende hoy nada que no resulte comercial. El negocio de la moda lo publicitan chicas que lucen muy bien semidesnudas, pero lo sostienen compradoras maduras que, por lo general, quedan mucho mejor cuanto más vestidas.
De modo que lo que se vende en los desfiles es la marca, la que se queda en la memoria de las consumidoras, la que genera royalties y plusvalías en los perfumes -la verdadera industria del diseño actual-, los cinturones, los complementos. La pasarela sólo es un anuncio en tres dimensiones cuya proporción entre costes y beneficios resulta abrumadoramente favorable para la inversión. Pura, y ultrarrentable, publicidad.
Y ya se sabe que la publicidad contiene sexo. Por eso las modelos contemporáneas son cada vez menos estilizadas y más rotundas, menos longilíneas y más barrocas, menos platónicas y más curvas, menos conceptuales y más sensuales. La sonrisa y los guiños de Martina Klein o la felina presencia de Esther Cañadas cautivan a los fotógrafos, y la imponente severidad escultural de Nieves Alvarez seduce a los editores. El otro día, casi todos los periódicos de Madrid traían en portada fotos de top-models en ropa interior, pero nadie se habría atrevido a sacarlas si en vez de caminar sobre la alfombra de Cibeles hubiesen posado para un affiche callejero de esos que hacen volver la cabeza a los conductores.
La ropa interior sí es un mercado directo porque sus usuarias la visten en relativo secreto. Cada semana se abren nuevas franquicias que atraen a los grandes inversores y han disparado el gasto per cápita en lencería. Piel de seda, negocio de hierro. La industria del tanga mueve tanto dinero como la aeronáutica, y genera una energía similar que, además, no consume combustible. Hay un inmenso impulso de coquetería interior que tiene que ver con el regreso del hedonismo como filosofía vital, y ha derribado las barreras despectivas que el lenguaje había levantado en los campos semánticos de la corsetería.
Alentados por esta dignificación social que respalda una industria de prometedor crecimiento, los diseñadores se han lanzado por el camino de la sofisticación para levantar en las pasarelas un carnaval de «chantelles» con la complicidad de unas modelos encantadas ante el incremento de su relevancia. En el desfile convencional, la atención del público se reparte en cuotas equitativas entre el vestido y la modelo, pero la lencería le entrega el protagonismo al físico de la maniquí. Piel y esqueleto, curva, maquillaje, andares y sonrisa, la percha humana desplaza a la breve creación textil para convertir el desfile en una apoteosis de exhibicionismo. Quizá por eso, en el reciente carnaval carioca, Naomi Campbell prefirió comparecer ataviada (¿) con un bikini de colores. Era su manera de llamar la atención: el resto de las sambistas iban desnudas con el cuerpo pintado. En el Paraíso, la verdadera transgresión debió de consistir en cubrirse con una hoja de parra.