En Ibiza, si a un disc-jockey se le ocurre pinchar el «Aserejé» lo fusilan sin juicio al amanecer contra la tapia más cercana. Y si no lo fusilan es porque, al alba, como diría Federico Trillo, la gente anda ocupada en otros asuntos. No en esos que ustedes se imaginan; en Ibiza, el alba, la hora machadiana de las ojeras y las manos sucias, es aún tiempo de bailar, momento crucial del apogeo de las danzas rituales con que las tribus de la isla saludan al dios del nuevo día.
Pero la verdadera diosa de las Pitiusas es la música. La música que truena sin parar en los taxis, en los chiringuitos playeros, en las enormes discotecas que constituyen los verdaderos centros de peregrinación turística de Ibiza. Las discos -Pachá, Amnesia, Privilege, Space y otras más pequeñas que proliferan al calor del inmenso negocio del verano- son los templos paganos donde se rinde culto perpetuo a esta diosa implacable bajo la liturgia de una danza sin fin, y donde se recibe la comunión bajo la forma profana de las pastillas de éxtasis y otras drogas de diseño, como el polvo de ángel, que han convertido la cocaína en una antigualla propia de reliquias sin futuro.
Sumos sacerdotes
Los dj´s son los sacerdotes supremos de ese culto idolátrico vagamente relacionado con la religión del placer. Las tribus de la isla hacen colas gigantes a las puertas de los grandes recintos en que se anuncia la presencia de verdaderas estrellas del plato mezclador, figuras internacionales que cobran cantidades astronómicas por una sola actuación, y cuyos nombres de guerra conocen y veneran como devotos los fieles de este nuevo fenómeno de masas. La parafernalia del rito se completa con la presencia de monaguillos bailones de sexo ambiguo vestidos y maquillados como ángeles del mal, que mientras bailan desde sus plataformas elevadas miran a la parroquia con ojos retadores y una inexplicable cara de mala uva.
Los expertos en esta teosofía de la noche saben que el éxito de los dj´s no consiste sólo en su habilidad mezcladora de ritmos y en su concienzuda técnica para exprimir los sonidos más actuales y deseados, sino en su intuición para adaptarse al comportamiento de la clientela. Dicho más claramente: en su capacidad para dirigir y acompasar las diferentes fases del consumo de pastillas, de tal modo que la música actúe como terapia conductora de una gran catarsis colectiva. El dj de élite sabe qué clase de música debe sonar en cada momento según el nivel anímico de la concurrencia. «Techno» duro al principio, más sofisticado a medida que avanza la madrugada, «chill-out» para templar el ánimo en las horas dudosas entre dos luces, más «techno» y percusión cuando la mañana empuja las huellas del cansancio. El objetivo consiste en mantener el pulso el mayor tiempo posible, hasta bien entrado el día, a base de combinaciones de ritmos que atraviesan las barreras de la percepción y llevan al público en volandas por los diferentes estadios que provoca el consumo de los estimulantes y demás arsenal bioquímico.
Los pinchadiscos más celebrados, que suelen llevar sus propias mezclas encapsuladas en sofisticados artilugios de tecnología digital, derraman la música sobre las cabezas de una concurrencia cómplice, que paga entre 30 y 50 euros por fiesta con la intención de agotar el máximo número posible de horas: todo lo que el cuerpo aguante con ayuda de un poderoso suplemento artificial. El viernes noche, las colas en Amnesia eran kilométricas al conjuro de la famosa fiesta brasileña anual, anunciada en vistosos pasacalles por el puerto. Por la mañana, los taxis hacen su agosto recogiendo los restos descangallados y exhaustos de lo que horas antes fueron danzantes eufóricos, a los que depositan como fardos a las puertas de los apartamentos de Ibiza, Santa Eulalia o San Antonio.
Religión de tarjeta de crédito
Cada fin de semana, las discos rivalizan en la organización de grandes fiestas-ceremonia articuladas en vagos conceptos temáticos pero, sobre todo, enriquecidas por la participación de dj´s de fama, y para las que los-las Relaciones Públicas captan clientela durante los días previos en playas, bares y locales de reunión. En torno a ese mundo se mueve un sólido negocio que en invierno tiene su continuación en los circuitos especializados de Madrid y, sobre todo, Barcelona. Es una religión, pero una religión de pago.
Este sábado llueve copiosamente sobre Ibiza. El agua anda descalza por las calles mojadas, como decía Neruda, y el temporal de viento azota Baleares y provoca cortes de luz y agua. Las tribus de la noche lloran tristes en sus encierros y esperan la hora de la gran liturgia, aunque la lluvia haya cercenado las horas de playa y amenace la circulación, los accesos y hasta la normalidad del suministro eléctrico. La verdadera tormenta estallará cuando los danzantes, empapados de euforia, sientan en el alma los ritmos del «techno» como truenos de un loco dios alucinado.