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Náuseas

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Las retransmisiones por televisión de los partidos de fútbol se han convertido, de un tiempo a esta parte, en nauseabundas antologías de primeros planos en los que la escena sucia siempre se repite. ¿Por qué escupen tanto los futbolistas? ¿Se trata de una manía compartida o de una consecuencia de la farmacopea? Otros deportistas, acostumbrados al máximo y continuado esfuerzo -los jugadores de baloncesto-, no son tan cerdos. Figúrense una cancha de baloncesto, o de balonmano, salpicada de escupitajos por todas partes. Se convertiría en una asquerosa pista de patinaje. Pero ellos no escupen, quizá porque están mejor educados, quizá porque los fármacos que les procuran no exigen esa constante expulsión de porquerías. Además de ellos, los que escupen a troche y moche sin motivo que lo justifique, son responsables de la inmundicia futbolística de moda los realizadores de televisión. Nos ofrecen un partido de fútbol y además nos regalan la exhibición y dominio de los futbolistas en el ceporro magisterio de la arcada. Se dan excepciones y, por lo normal, correspondientes a jugadores de fútbol con clase reconocida. Pero son los menos, para desgracia de la estética y de la armonía estomacal de los espectadores.

Acudir al estadio para ver un partido de fútbol tiene sus ventajas. El fútbol, como los toros, tiene su olor y su sonido. La tribuna huele a humo de puro habano mezclado con aire de «brandy», aunque los vendedores sigan anunciando que su mercancía consiste en «¡copitas de «coñá»!». Tiene la ventaja del ambiente, que en los grandes partidos se hace grandioso, y del ruido, y de la emoción en directo del espectáculo. Las desventajas también cuentan, pero son las menos. Los futbolistas no repiten los goles ni las jugadas abiertas a la duda, y por cómodos que sean los asientos de las tribunas y las gradas no son comparables a los del dulce hogar. Pero sobre todas, la gran ventaja de ir al estadio respecto a quedarse en casa es que no se ven los escupitajos de los futbolistas. Y ese detalle establece la diferencia.

Un aficionado al ciclismo, cuando sigue por televisión las etapas del «Tour» de Francia o la Vuelta a España, no le concede ninguna importancia a la imagen del corredor que frena su bicicleta, se baja de ella, se camufla en la cuneta y procede a hacer pis. Los realizadores pasan del asunto. Y aquí paz y después gloria. Si la moda del fútbol alcanza a otros deportes, muy pronto veremos con todo detalle cómo el ciclista se airea la bragueta, se saca el lápiz y regala a los telespectadores el arco solemne de su meadilla. Y el comentarista destacará el hecho de esta guisa: «La evacuación líquida de Pimenttini ha sido mayor que la del español Gutiérrez que, a propósito, tiene la minga más pequeña que el italiano». Y los telespectadores españoles, heridos en lo más hondo de su orgullo.

«¿Qué partido se escupe el próximo domingo en el Bernabéu?»; «se escupe el Real Madrid-Racing de Santander»; «¿y lo escupen en las autonómicas?»; «no, lo escupen por «pago por visión». El que escupen por las autonómicas es el Barcelona-Valladolid». «¡Ah, bueno!». Y esta charla nada tendría de absurda o surrealista. Respondería a la más repugnante realidad.

El fútbol no es una película que requiera de tantos primeros planos, y más aún si los primeros planos resultan tan nauseabundos. Los aficionados telespectadores queremos ver el arte de Zidane, la clase de Ronaldo, la fuerza prodigiosa de Roberto Carlos, la inteligencia de Raúl, los centros de Figo, las fintas de Torres, las paradas de Casillas o de Westerveld, los remates de cabeza de Kovacevic o las carreras por la banda de Joaquín. Sus escupitinajos sobran. Que escupan en su casa, y si no pueden dominarse, que no nos los televisen.

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