En quince años, los que cumplió anoche la gala de los Goya, pocas novedades ha habido. Casi siempre es lo mismo. Admiradores y cazautógrafos en la puerta del Palacio Municipal de Congresos del Campo de las Naciones de Madrid, reporteros en busca de declaraciones, empujones y encontronazos con los «armarios» de seguridad... Y nervios, muchos nervios. Los de la mayoría de los candidatos, claro. Terele Pávez, que optaba al Goya a la mejor actriz de reparto por «La comunidad», llegó en tal estado que no dejaba de repetir «se me ha caído una tarta encima». ¿Una tarta? «Sí, es la tercera vez que estoy “nominada”, cada vez es peor y estoy tan nerviosa que se me ha caído una tarta justo antes de salir y he tenido que cambiarme de vestido». Y dicho esto, se agarró del brazo de su hijo y se mezcló entre el público con su traje burdeos de repuesto y su estola negra de visón,Tras Terele, de las más puntuales en llegar, empezó el acostumbrado desfile de lentejuelas, pielerío y joyerío. Aunque este año con algo más de «glamour» porque, como habían anunciado Juan Luis Iborra y Yolanda García Serrano, directores de la ceremonia, en esta edición los actores tenían que estar especialmente guapos. Ya lo dijo Álex de la Iglesia nada más llegar: «¡Qué bien! esto se parece cada vez más a Hollywood». Y no le faltaba razón. En plan divas llegaron Ana García Obregón, en un Versace azul celeste; Mabel Lozano, en un vaporoso y escotado vestido verde; Lola Marceli, con un abrigo de alpaca tostado y gran cuello de piel; Silvia Abascal, enfundada en un traje negro de Carolina Herrera; Ana Fernández, en un original Jesús del Pozo verde, o Bibiana Fernández, que tenía que tirar de su vestido rosa palo para que Asdrúbal no se lo pisara.
Pero los escotes de la noche fueron sin duda los de Sara Montiel, que hizo una entrada triunfal arrastrando su abrigo de piel blanco, y Carmen Maura, en un terno negro y azabache de Lorenzo Caprile. La mejor actriz protagonista de la noche por «La comunidad», que estaba echa un flan, aseguró que no sabía dónde colocar su tercer Goya, «los otros los tengo en el baño». El que no garantizaba si su estatuilla llegaría a su salón, en caso de haberla ganado, era Álex de la Iglesia. «Me duele el estómago y por eso no he bebido, pero si lo hago a lo largo de la noche no sé si perderé el Goya. Voy a recomendar que el año que viene regalen una bolsita».
Mientras una pregunta se extendía por el vestíbulo como la pólvora, «¿dónde está Marisa Paredes?», el niño de «El Bola», Juan José Ballesta, se ejercitaba como reportero captando imágenes de los protagonistas de la velada con una cámara digital. «¿No vienen más famosos?», preguntaba el ganador del goya al actor revelación. La respuesta no se hizo esperar con la irrupción de la presidenta de la Academia de Cine. Nerviosa también y un pelín sobreactuada, la Paredes posó sonriente con su vestido de organza quisquilla firmado por «Sybilla, por supuesto», diseñadora que escogieron numerosas de las invitadas, entre ellas la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, que por una vez cambió su uniforme de chaleco y levita verde por un elegante vestido morado.
Ausencia destacada fue la de Pedro Almodóvar, el triunfador de la pasada edición, y la de José Luis Garci, el otro nombre de la velada. Ni los actores de su película, «You're the one», acertaban a confirmar si el director acudiría a la gala: Lydia Bosch, espléndida en un vestido de gasa estampada en tonos naranja, y Julia Gutiérrez-Caba, muy elegante con blusa blanca y falda negra larga, se encogían de hombros al preguntarles por el realizador. Iñaki Miramón fue más explícito: «No sé nada, pero como no es miembro de la Academia...»