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EL GRANDE

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DE sus cinco viajes a España, el Papa polaco consiguió en cuatro de ellos convocar al pueblo de Madrid como sólo lo logran los muertos. El "poblacho manchego", como alguna vez se llamó despectivamente a la capital, ha sido muy dado a apiñarse en torno a sus difuntos y a los de otros con más afición que en derredor de sus vivos. Memorables resultaron los entierros del gran torero Antonio Bienvenida, del peculiar alcalde Enrique Tierno Galván o de la inmensa Lola Flores, por no recordar por políticamente incorrecto las kilométricas colas ante el túmulo de Franco. Conforme morían, pareciera que nacía un millar más de gente para acompañar al siguiente. Impresionantes fueron las manifestaciones por el asesinato de Miguel Ángel Blanco o por la ordalía asesina del 11 de marzo de 2004. A los madrileños parece que "les pone" la muerte como si se tratara de una hermosa danzarina que invitara a un erótico "pas de deux". Muchos piensan que puestos a morirse el lugar más agradecido de España es Madrid por la de elogios y solidaridades que suscita el tránsito. Pero Juan Pablo II, "el Grande", como lo motejó el domingo el cardenal Sodano, no necesitaba morirse para convocar al gentío. Creyentes y no creyentes asistíamos embobados ante este Papa que hasta los años noventa y a pesar del loco atentado del turco Agca parecía un actor de Hollywood enfundado en su blanca sotana, dominador de las escena como un Gary Cooper de la Cristiandad. Su espectacular manejo de las masas y su sorprendente sintonía con la juventud a la que no hacía más que ponerle cortapisas -no a los anticonceptivos, al aborto, al condón- rozaban la excelencia tan pronto su avión aterrizaba en Barajas y besaba nuestra tierra contaminada como si de un pastel de chocolate se tratara. A partir de ese momento, Madrid y con ella España entraban en un trance de encantamiento y sintonía. Como excelente actor que era, había de saber el efecto que causaba su presencia y en algún momento debió de pedirle perdón a Dios por el regocijo que le debían de producir tanta devoción y tan desmesurada entrega. Verdaderamente, como líder espiritual y político, era grande este hombre.

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