La audiencia de Su Majestad el Rey al presidente del Gobierno, tradicional en los primeros días del mes de agosto y que se repetirá próximamente, trasciende de su carácter puntual para remitir, también en esta época del año, al papel permanente de la Corona al servicio de la Nación y de sus intereses. El Rey ha venido desplegando en los últimos meses una intensísima actividad institucional, siempre en el marco de sus atribuciones constitucionales, en la que ha sido secundado con la discreción y aciertos habituales por Su Majestad la Reina, de tal manera que la proximidad de los Reyes a la realidad social de los españoles ha alcanzado un máximo grado de sintonía y consolidación en coincidencia temporal con la celebración del XXV aniversario de la proclamación de Don Juan Carlos.
El Rey, en un ejemplo sin precedentes ni comparación con otros Jefes de Estado, ha mantenido siempre una exigente autopercepción de su alta misión, con una entrega y abnegación que, asumida con extraordinaria naturalidad y simpatía personal, merece ser subrayada como uno de los elementos decisivos de la estabilidad y solidez de nuestro régimen democrático. En esa misma línea de servicio, el Príncipe de Asturias viene asumiendo un acertado protagonismo en la proyección exterior de España e incorpora con su presencia en actos de distinta naturaleza un impulso, más allá de lo simbólico, a las grandes expresiones de vitalidad e inquietud de la sociedad española. Esta labor integradora, suprapartidista y moderadora de la Corona, uno de los nexos de unión más firme entre los españoles, se produce de manera constante, en un contexto de sobriedad y discreción incluso en los momentos más distendidos. Todos los Gobiernos democráticos, desde el presidido por Adolfo Suárez hasta el de José María Aznar, pasando por los de Leopoldo Calvo-Sotelo y Felipe González, han entendido con precisión y profundidad las características de la institución de la Corona, recibiendo a cambio la disponibilidad del Rey y su escrupuloso respeto al libre juego político.
En este orden de cosas, la estancia real en Palma de Mallorca configura para los Reyes, el Príncipe y las Infantas una oportunidad para la aproximación, no sólo a la sociedad balear, sino también para el contacto directo de la Familia Real con el mundo del deporte, de la cultura y de las artes.
La frivolidad irresponsable con la que algunas publicaciones de ocasión tratan la estancia vacacional de los Reyes en Palma desconoce -por mala fe o por ignorancia- que las presencias de la Familia Real y sus actividades responden con sencillez y sin grandilocuencias a un cumplimiento estricto de sus deberes conforme a una agenda tan exigente como en cualquier otra época del año. Los despachos del Rey con el presidente del Gobierno, las audiencias de Su Majestad en Marivent y el trabajo diario de Don Juan Carlos son la tónica constante del Jefe del Estado, que con su Majestad la Reina, el Príncipe de Asturias y los Duques de Lugo y de Palma ofrecen la imagen que responde a la auténtica realidad de una monarquía moderna, al margen de las crisis de otras, y secundada por el afecto y respeto general, incluso los de aquéllos que, en las lindes del sistema democrático, profesan al Rey un reconocimiento incuestionable.
Todas estas consideraciones que podrían parecer obvias no lo son tanto cuando por meros afanes mercantiles, por una desenfrenada afición al amarillismo, por una vocación taimadamente desestabilizadora, pretenden ocultar la realidad de las cosas subrayando con demagogia e irresponsabilidad la anécdota superficial y ocultando el sentido y trascendencia con que se dotan los comportamientos del Rey y su familia.
Don Juan Carlos siempre ha sido, como titular de la Corona, uno de los grandes activos de nuestra democracia. Y lo es más, en una progresión constante e irreversible, a medida que transcurre su Reinado, que quedará para la historia de España como el más fecundo de los últimos siglos para nuestra nación.