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(GÉNESIS del dogma) La convicción no es la idea misma, sino la voluntad de defenderla; la persistencia de esa voluntad va envolviendo la idea como un caparazón hasta hacerla letra muerta, muda. El dogma es una idea puesta a callar, su última palabra, sin duda para evitar que siga hablando, por la flaqueza mental de querer alcanzar la certidumbre incluso a costa del conocimiento.

(Con permiso de Ockam) Como lo que ha pasado no puede dejar de haber pasado, la impresión que suscita: la de lo irreparable, tiende a arrimarse a la idea de «lo necesario», de modo que el sentimiento de que el ayer es irreparable se expone a contaminarse con el de que es necesario; en ese instante ya están puestos los dos términos para el fatídico salto de proyectar «es necesario» en un «era necesario»; entonces se abre de golpe la escotilla de los dos grandes demonios: el del destino y el de la providencia.

(«Los nuestros») Tal vez la única cosa saludable, sin duda involuntaria y probablemente indeseada, del individualismo está en crear las condiciones de posibilidad para que el hombre acierte a no-ser-de-los-nuestros. Se escribe todo junto para que se entienda como un predicado abstracto, o sea como el lugar vacío que precede a cualquier posible determinación de ese «los nuestros», a la manera de un nombre categorial, como «color», lugar vacío de «rojo», «amarillo», «azul», etcétera. Con «los nuestros» se mienta aquí por tanto la categoría genérica de toda identificación posible. Pero «no-ser-de-los-nuestros», un predicado irreductiblemente negativo, tiene también su hipóstasis perversa: la de volver a positivarse desde fuera, desde el Todo, cayendo en esa olímpica vanagloria de «ser universal». A esa vanagloria es a lo que se expone todo posible vencedor que no se tome el cuidado de conservar celosamente su conciencia de «parte»; lo pavoroso de la pretensión de «ser universal» está en transfigurar lo que es «guerra entre partes», como toda cosa de hombres, en «guerra escatológica».

(Esa mala pasión) La llamada «revolución hoplita», de hacia mediados del siglo VII a.C., surgió en la Hélade no sólo por efecto de cambios de orden político-social sino también del desarrollo de una panoplia de infantería pesada cada vez más idónea para el cuerpo a cuerpo; para éste nada más eficaz que un frente cerrado de guerreros unidos hombro con hombro, como una única barrera de escudos erizada de lanzas, conforme a la experiencia de que la simultaneidad no produce la suma de las fuerzas individuales sino esa multiplicación que se conoce como «efecto de sinergia». Pero si cambios de organización política y social han venido influyendo ya desde la Hélade en las formas de la guerra, también se han dado a su vez repercusiones en sentido inverso. Tras un sinfín de avatares y alternancias en la historia de la guerra, aquella táctica de infantería se recobró una vez más en el entresiglo XV-XVI. A partir de este nuevo «pelear en ordenanza», como se llamó en Castilla, y en paralelo con la formación de los «Estados nacionales», la evolución de los ejércitos modernos dio lugar a que la sinergia corporal, cada vez más rigurosa en la disciplina militar, fuese desarrollando en todo el conjunto de la población esa especie de sinergia anímica que es lo que actualmente se concibe como «patriotismo». Formas de un sentimiento de la patria se han dado en todo tiempo, lo distintivo de la modernidad es que, a la par con la paulatina desaparición de las huestes mercenarias, las levas se fueron haciendo cada vez más «nacionales», hasta llegar a la conscripción universal obligatoria. Cuando el ejército es «La Nación en armas», el patriotismo, que siempre ha tomado sentido de la guerra, sufre la mutación correspondiente y adquiere toda la presión de unanimidad social mutuamente coercitiva que tan inequívocamente expresa esa primera persona de plural de la Marsellesa, tal vez la primera marcha militar que tuvo letra y que en adelante serviría como modelo para muchas canciones de guerra, aparte de crear y difundir la institución del «Himno nacional». Nunca antes el patriotismo había sido pedagógicamente inculcado a todo el pueblo, con el himno, el escudo y la bandera como libros de texto, ni nunca tan imperativamente impuesto y exaltado, hasta llegar a tener toda la fuerza de sinergia anímica, que hizo hervir las relaciones del siglo XIX pero esa función sinérgica no sumativa sino multiplicadora, ahorma a su vez el patriotismo como una determinación no distributiva, sino participativa: de mil patriotas, ninguno será «patriota» por sí mismo, como ninguno es por sí mismo «mil»; de ahí que el patriotismo sea una pasión enajenada, ubicua, impersonal, y por tanto heterónoma, como lo es su correlato físico: la disciplina militar. Y, a propósito de ésta, nada confirma tanto la estrecha correlación entre sinergia anímica y sinergia corporal como el hecho de que, aun tras haberse vuelto totalmente inoperante en campo de batalla -digo bajo la forma de la falange hoplita o el pelear en ordenanza-, la sinergia corporal se ha conservado en la instrucción militar en calidad de ejercicio pedagógico como la función de inculcar a través del cuerpo el espíritu de la disciplina; y es justamente en esos ejercicios donde se oye -o se oía-la expresión más exacta de la idea de «sinergia» en la fórmula usual del instructor para exigir la sincronía: «Como un solo hombre». Y «como un solo hombre» es, en efecto, como exige el patriotismo que responda ante la guerra la nación entera. Los rasgos de pasión impersonal, enajenada, se manifiestan en cómo cualquier crítica a la patria, o sea a la nación en armas, provoca una reacción equivalente a la que se daría contra un particular que se sirviese para su propio uso personal de un bien inalienablemente declarado de dominio público, o contra el que se arrogase el derecho de disponer conforme a su criterio de un patrimonio jurídicamente sujeto al estatuto de propiedad común para usufructo colectivo, como la fuente de la plaza o la dehesa comunal. De modo que también es retaguardia la anónima unanimidad del patriotismo lo hace una fuerza ubicuamente constrictiva y hasta amenazadora: el que «se sale de las filas» -ya se entiende que aquí en materia de opinión- se ve acusado de «derrotista» o incluso incriminado de «traidor». Como la objetividad de Chomsky las veces que se escora lo hace siempre hacia el costado contrario a las autoridades, acciones o actitudes del país, bien se puede confiar en su palabra cuando asegura que la libertad de prensa sigue gozando de un respeto omnímodo -cosa distinta es que el gobierno o el Pentágono restrinjan el acceso hacia las fuentes de la información-, de manera que las recriminaciones de «antipatriotismo» proceden de la propia población; en ésta el patriotismo puede llegar a ser tan extremoso como en el caso de un periódico que recibió hasta 550 cartas de protesta por haber publicado la fotografía de un niño de pecho presuntamente muerto en un bombardeo norteamericano. Pero aun en tiempos de paz ya se dio el caso de que en una exposición que celebraba el cincuentenario de la bomba atómica un grupo de ex combatientes exigiese que fueran retiradas las imágenes de víctimas de Hiroshima y Nagasaki; eso también merecía, por lo menos para ellos, ser rechazado como antipatriótico.

(Progreso científico) El sucederse de las reflexiones sobre un mismo objeto o campo del conocimiento va generando ciencias diferentes, que se escalonan en una vía ascendente de menor a mayor racionalidad y perfección. Ejemplo de ello es el siguiente: Táctica del bombardero, Estrategia del bombardero, Psicología del bombardero, Fenomenología del bombardero, Antropología del bombardero. Teodicea del bombardero, que es el estado actual de los conocimientos, desde el que ya se vislumbra la suprema Aufhebung que habrá de coronar tan fulgurante progreso del saber, dando a luz finalmente la Teología del Bombardero.

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