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Dotes proféticas

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La historia no es el reino del fatalismo determinista ni del puro azar. Ni la libertad humana impide la comprensión de la historia, ni ésta obliga a negar la libertad. La izquierda radical, al menos la de raigambre marxista, siempre se ha rendido al historicismo. De ahí quizá su tendencia a la profecía y al vaticinio. A mí, la verdad, la anticipación del futuro nunca me ha impresionado. Se dicen y anticipan tantas cosas que es inevitable que algunos augures acierten. La historia casi siempre ha sido prevista. Lo que sí resulta curioso es la facilidad con la que el progresismo radical se extravía en sus pronósticos y conjeturas. En esto, uno de sus padres fundadores ya patinó con estrépito. Pero nadie más inasequible a la rectificación que los cautivos de la ideología.

El hecho de que se opusieran a la intervención aliada, especialmente de Estados Unidos, en Afganistán iba de suyo. Y no les faltan quizá argumentos, aunque tampoco escasean a favor de la tesis contraria. Lo que les reconcilia con su tradición zahorí y adivina ha sido su perspicacia -para ser justos, no ha sido una opinión unánime en tan monolítico sector- para vaticinar el fracaso de la intervención militar norteamericana y sus augurios de un nuevo Vietnam. Mas los hechos se revelan incapaces para doblegar los prejuicios. El final del régimen talibán en el poder y el establecimiento de un nuevo Gobierno en Kabul parece contradecir sus apresurados pronósticos sobre la impotencia de la intervención. Desde luego, resulta claro que su ansiedad por mejorar el mundo no va acompañada por la lucidez ni por la competencia en materia de geoestrategia. El desierto, el invierno, la oposición afgana,... El fracaso estaba progresistamente cantado.

Y uno intenta comprender hasta esta pertinaz obstinación en el error. Una de sus causas quizá se encuentre en la ideología progresista y en su equivocado historicismo. Pues si éste constituye, en general, un error, más aún lo es el historicismo progresista y su materialismo histórico. Un aparato conceptual equivocado sólo puede producir la distorsión de la realidad, su radical incomprensión. Pero tampoco hay que descartar otro factor para tan continuado y sistemático extravío. El progresismo convencional tiende, como tantas veces ocurre a los hombres, a identificar el futuro con el contenido de sus particulares preferencias. Si la historia ha de tener algún sentido, éste no puede consistir en otra cosa que en confirmar nuestros ensueños, fantasías y prejuicios. Simplificando la argumentación, como Estados Unidos encarna el mal en el mundo, la quintaesencia del capitalismo, y la historia consiste en el progreso hacia la justicia, la conclusión inevitable es que la derrota de la nación norteamericana esté cantada, y sus victorias sean sólo efímeras o aparentes. Pero lo más curioso es ese intento fallido de convertir a uno de los regímenes más totalitarios y odiosos de nuestro tiempo en una especie de portavoz del proletariado internacional explotado, en defensor de los desheredados en su lucha justiciera contra el capitalismo. En este caso, el error ya casi resulta culpable. Se trata, quizá, de las contradicciones intelectuales del comunismo.

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