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Lo de la escalera fue un accidente, y lo de la guitarra acústica de Vega, una pena muy grande. Hasta ahí las salidas de tono -involuntarias- de «Operación triunfo», programa que hace dos semanas tomó un derrotero que cabría encuadrar, como excursión, en el ámbito de las actividades extraescolares de cualquier centro docente, pero que amenazaba con distorsionar su plan académico y, de paso, su argumento, hasta entonces protegido por el collarín de la ética televisiva más recalcitrante.

La vuelta a la normalidad de las aulas no está siendo fácil después de este anómalo veranillo. Alumnos y profesores se han distraído tanto que han perdido libretas y papeles. Carlos Lozano se dedica ahora a preguntarles a dos participantes si están liados o si sólo son amigos. Mientras, los cámaras buscan con planos muy cortos las cicatrices del accidente de la escalera y, como cierre al programa, al eliminado de turno le sueltan en directo a su novia para que le dé besos, con lengua y desesperados. Lo que se está perdiendo Isabel Gemio.

La pasada temporada y como premio de consolación, a los concursantes que abandonaban el programa les regalaban un coche, cortesía interesada del patrocinador del espacio. Ahora les dan una novia. El cambio, considerable, puede convertir «Operación triunfo en «Operación salida». Al fondo, pasando el atasco, hay otro programa.

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