CON la fatalidad de una tragedia, todo se encamina hacia la guerra, un estallido que, si los augurios se cumplen, estallará entre los meses de enero y febrero próximos. Con el respaldo de un sesenta y cuatro por ciento de los norteamericanos y el grado internacional de apoyo obtenido en la resolución de Naciones Unidas, el presidente George Bush parece decidido a forzar una intervención militar en Irak, sea cual sea el resultado oficial de la visita de los inspectores de la ONU.
Estados Unidos está dispuesto a ir a la guerra incluso sin aliados, especialmente ahora en que Turquía se ha comprometido a autorizarle el uso de sus bases militares para un eventual ataque contra el vecino Irak, y que la Arabia Saudí, con algunos miembros de la familia real bajo sospecha, ha accedido a la utilización por los norteamericanos de la gigantesca base Príncipe Sultán, próxima a Ryad. Eso sin contar con todo el tinglado bélico montado en Qatar. Acabar con Sadam Husein y su régimen es de tal modo perentorio para Bush que no quiere esperar un año más. A partir de marzo la guerra sería inviable a causa de las elevadísimas temperaturas en la zona. Washington tiene, pues, los dos próximos meses para hacer funcionar su maquinaria militar. No parece probable que esté dispuesta a esperar un año.
Avala esta terrorífica perspectiva bélica la prudencia en la respuesta israelí a los últimos atentados palestinos suicidas en los territorios ocupados, y al de Al Qaeda en Mombasa. A Estados Unidos no le conviene ahora una fuerte acción bélica israelí que arrojaría sombras sobre la acción militar que el presidente norteamericano prepara contra Irak. Es fácil convencer a Ariel Sharon de que aplace su venganza hasta que desaparezca el dictador irakí, el mayor enemigo del Estado judío en aquella zona. Destruido Sadam Husein, desaparecería el único jefe de Estado árabe capaz de capaz de llevar una guerra contra Israel. Destruir el estado judío es un deseo atávico de Sadam.
Gusta la propaganda iconográfica oficial irakí presentar a Sadam Husein de perfil, sobre un carro babilónico, como una reencarnación del rey Nabucodonosor, el monarca de Babilonia que tomó Jerusalén y destruyó en el año 587 a.C. el primer Templo, el que construyera el rey Salomón. El desprecio que los babilonios -cuya ciudad estado se levantaba a orillas del Éufrates, el que riega ahora Irak- sentían por el pueblo judío y su religión no era probablemente mayor que el que sienten los actuales irakíes. El ejército de Nabucodonosor abrió brecha en las murallas de Jerusalén, invadió la ciudad y saqueó, incendió y destruyó el Templo que un día contuvo el Arca de la Alianza, y se llevó cautivo al pueblo de Israel.
«Nebuzardán, jefe de la escolta y ministro del rey de Babilonia, incendió el Templo de Yavé y el palacio real, y prendió fuego a todas las casas de Jerusalén», relata el Libro de los Reyes.
En sus delirios de poder, los que le han llevado al mando supremo del estado, del gobierno, del partido, de las fuerzas armadas y del consejo de la revolución, Sadam Husein no sólo ha soñado con emular al rey Nabucodonosor que reinó hace veinticinco siglos en una de las civilizaciones que florecieron en Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates. Sueña también con emular al propio Saladino, una de las más grandes figuras de la Edad Media musulmana. Razones: que Saladino nació en Takrit, en las proximidades de Bagdad, la misma ciudad de la que procede Sadam Husein y su familia, y que Saladino reconquistó para los musulmanes la ciudad de Jerusalén y luchó contra Ricardo Corazón de León en la Tercera Cruzada.
Pero en la Edad Media, como explicaba Huizinga, el ideal caballeresco impregnaba toda ideología. George Bush parece decidido a aniquilar estos sueños, sin pararse a pensar si los inspectores de Naciones Unidas han sido o no engañados por el dictador irakí. Destruido Sadam, sentará en Bagdad a un cónsul amigo que asegure una alternativa al petróleo saudí y una tranquilidad al Estado de Israel.