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Sardinas y oropéndolas

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En sus primeras ediciones, la fiesta del Partido Comunista de España en la Casa de Campo fue multitudinaria. Más por interés que por militancia o convencimiento. Un escritor, un cantautor o un actor ausente en la fiesta no tenía ni buena crítica, ni calidad reconocida ni posibilidad de atrapar subvenciones. El solo hecho de ser visto en la fiesta del PCE concedía al afortunado el derecho a poseer el carné oficial de progre, del que tantos han sacado cosechas millonarias. En el fondo, y aunque moleste, la fiesta del PCE es como una gala benéfica marbellí con Moncho Alpuente en lugar de Gunilla. Igual de vetusta y conservadora que las tómbolas Diocesianas de la Vivienda en versión sardinas en aceite. En los despachos de contratación de Televisión Española, actores y actrices pugnaban por su presencia en la pequeña pantalla con argumentos como el que sigue: «Sí, pero esa es facha y yo voy a la fiesta del PCE». Y ante acusación tan grave, la actriz que no iba a la fiesta se quedaba sin trabajo. Caricatura de la situación, pero no fantasía.

Con Carrillo descabalgado, la fiesta perdió influencia. Gerardo Iglesias no supo mantener el tono, y el PCE ya iniciaba su vocación de precipicio. Anguita casi se ahoga en una edición con trescientos de los suyos al ser sorprendido por una tromba de agua que dejó la Casa de Campo como una continuación del lago en apenas diez minutos. Aquel año, la fiesta del PCE la celebraron las carpas y los ciprinos del estanque. Este año, la fiesta ha orientado su motivo hacia la situación internacional -homenaje a Bardem aparte-, y Francisco Frutos ha dado muestras de sus profundos conocimientos exteriores y envidiados contactos, al afirmar sin titubeos «que Irak no tiene ni capacidad ni voluntad de destruir». Impresionante revelación que nos ha dejado a todos con los muslos temblando.

Sucede que a mí, personalmente, lo único que me interesa de la fiesta del PCE en la Casa de Campo es la salud de las oropéndolas. Son malas fechas para las bellísimas aves de la familia de las «oriolidae». Ya verano agonizante, a punto se encuentran de abandonar nuestros sotos y pinares. Las oropéndolas -en latín «oriolus oriolus»-, emigran con los primeros fríos, y a los individuos procedentes de España se les trata con recelo de cercanía cuando llegan a sus hogares invernales. Sólo superan el desafecto inicial cuando demuestran que no proceden de la Casa de Campo de Madrid. Cosas de las aves y de sus manías.

Las oropéndolas se alimentan de mosquitos, abejas y otros insectos invertebrados. Pero las provenientes de la Casa de Campo de Madrid atufan a sardinas en aceite. «Ya están aquí las de la fiesta del PCE», cuchichean las oropéndolas mientras cubren sus picos con sus estallantes alas amarillas. En beneficio de las oropéndolas, bueno es sugerir a los dirigentes comunistas que organicen la fiesta en plena primavera. Dos meses de plazo son suficientes para que las oropéndolas de la Casa de Campo puedan desprenderse de su olor a sardinas. No entiendo cómo un partido político tan supuestamente entregado a la ecología y la defensa de la naturaleza, pueda cometer tamaña gamberrada contra las aves más brillantes y espectaculares de nuestros bosques estivales. Una oropéndola que huele a sardinas en aceite es tan repugnante como una gaviota con aliento a chorizo de Pamplona. Lo de Irak, Bardem, el enemigo Bush, los buenos camaradas, las amenazas de la guerra imperialista, la globalización, el cruel capitalismo, las fuerzas reaccionarias, el progresismo, Llamazares, Madrazo y los sufrimientos solidarios de Sabina y Echanove, ya lo sabemos de memoria. Lo malo son las oropéndolas, que no tienen culpa de nada, y vuelan hacia sus inviernos eructadas de sardinas.

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