CON la inauguración por parte de Su Alteza Real la Infanta Doña Cristina de la ampliación de la Fundación Rafael Alberti en El Puerto de Santa María (Cádiz), han comenzado los actos de celebración del centenario del poeta, que se cumplió ayer. Fallecido hace algo más de tres años, Rafael Alberti es una de las personalidades más señaladas de la literatura española del siglo XX. Su peripecia personal y política -relevante militancia en el Partido Comunista, los años de exilio en Roma, su sonado regreso en el año 1977, su elección como diputado en las primeras Cortes de la democracia- le otorgaron en sus últimos años una popularidad insólita para un escritor -menos aún para un poeta-, que le procuró una notable actividad pública.
Pero bajo este personaje más «costumbrista» que literario que fue el Rafael Alberti bandera -a quien en los últimos años de su vida, e incluso después de su muerte, se llevó más de la cuenta de aquí para allá-, que a menudo aparecía en los noticiarios y frecuentaba los homenajes, late el Rafael Alberti poeta, el Rafael Alberti dramaturgo (cultivó el teatro, aunque era otra forma de escribir poesía, como ha dicho el crítico Miguel García-Posada), incluso el Rafael Alberti pintor. Al Rafael Alberti «impreso» se le conoce mucho menos, y es el que perdurará para siempre.
La poesía de Alberti es luminosa, sincera, natural y desobediente. El conjunto de su obra posee una categoría y una altura literaria incuestionable; es de esperar que la celebración del centenario sirva para difundirla y popularizarla, para abrir su horizonte, y no para avivar la celebración de homenajes y actos de recuerdo de naturaleza espuria.