HACE unas semanas volví a releer el libro de Neil Postman, titulado, provocadoramente, como este artículo: «El fin de la educación. Una nueva definición del valor de la escuela». Aunque se centra en la situación escolar de los Estados Unidos, algunas de las cuestiones pedagógicas que aborda creo que tienen validez universal. Me refiero sobre todo al protagonismo que concede a los fines de la educación, tema que quizá ha quedado un tanto eclipsado ante la avalancha de debates sobre los medios, los diseños curriculares, los problemas de la financiación y ahora las nuevas tecnologías. No diré que todas estas y otras cuestiones no resultan cruciales, pero su consideración no debe hacernos olvidar que se trata tan solo de útiles al servicio de objetivos que en definitiva han tenido que ver con el propio destino del hombre, el lugar que ocupa en la naturaleza o las relaciones que debe establecer con la sociedad.
Y esta necesaria reflexión con los fines me parece pertinente ahora que hemos recuperado de nuevo el debate sobre el papel de las humanidades en los curricula escolares. Todos estamos de acuerdo en que la educación trasciende con mucho la transmisión de datos, hechos, cifras, hipótesis o teorías. La educación tiene aspectos cognitivos, pero también valores, el primero de los cuales debe ser formar individuos libres, educando su capacidad de discernimiento y potenciando su razón. Si es importante desarrollar las aptitudes de los alumnos, no lo es menos fomentar sus actitudes. Ya lo dijo el documento sobre «Política para el cambio y el desarrollo superior» de la Unesco en 1995 cuando alentaba el carácter prioritario que deberían tener las materias que contribuyesen al desarrollo de las capacidades intelectuales de los estudiantes y su adaptación razonable a los cambios.
Y en este contexto es donde me parece que juega un papel esencial la enseñanza de las humanidades.
Si como afirma Fernando Savater la educación ha de servir para potenciar la razón, nadie puede dudar de que la filosofía se convierte en uno de sus aliados más aficaces, no sólo porque «enseña» la razón, sino también la rebelión contra la sinrazón, los dogmas irracionales, los fanatismos, la intolerancia o las mistificaciones. Vivimos como siempre, o tal vez más, en la perplejidad y, por lo tanto, la filosofía es tan necesaria hoy como antes y quizás más para encontrar respuestas nuevas a las viejas preguntas. Necesitamos la filosofía para dar sentido a nuestro mundo, para orientarnos en la tormenta confusa de los signos y sacarnos de la hipnosis a que nos somete nuestra aparatosa opulencia de mensajes y cosas. Ya no es posible dar por bueno el precepto primun vivere deinde philosophare porque el oficio de vivir es indisociable de la tarea de pensar.
No estamos aquí por generación espontánea, hay una tradición que nos respalda. De ahí la importancia que tiene para la educación la enseñanza de la historia. El hombre —escribió Ortega— no tiene naturaleza, lo que tiene es historia, porque «historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio». De modo que para saber lo que son los hombres, las naciones, las comunidades, los pueblos, hay que saber ante todo cómo han llegado a ser lo que son. Más que maestra de la vida o ejemplo para el porvenir, la lección esencial que podemos esperar de la historia es la constatación de la diversidad de las culturas, de los pueblos y de las costumbres, como ha sugerido Juan Pablo Fusi. Idea ésta que está cargada de profundas connotaciones éticas y políticas y que fundamenta un valor esencial de la educación: la tolerancia. La historia es pluralidad y es memoria de una sociedad. Y eso es lo que tiene que hacer la educación: preservar la memoria colectiva y formar en el pluralismo.
En España el «olvido» de la historia ha tenido que ver con la fiebre regionalista o nacionalista que se extendió entre nosotros al hilo de la construcción del Estado de las Autonomías. No sin precedentes, fue entonces cuando el concepto y la idea de España como nación histórica empiezan a ser cuestionados, sustituidos por una interpretación en la que España se identificaría como un simple Estado central y su realidad histórica parecería disolverse en beneficio de las regiones y nacionalidades. Pero España no es una mera agregación de sus regiones cuya historia es a veces interesada y torpemente descontextualizada. La lucidez de Muñoz Molina da autoridad a esta idea cuando afirma que las guerras carlistas, la llegada de los telares de vapor y de los ferrocarriles, la rebelión de las Comunidades no son acontecimientos que afecten sólo al País Vasco, a Cataluña y a Castilla-León respectivamente, del mismo modo que el dos de Mayo es una fecha que no sólo debe conocerse en Madrid y que el Califato de Córdoba no pertenece sólo al pasado de los andaluces. Cada historia parcial ilumina y enriquece una historia común que cobra su pleno sentido en el marco de una historia europea y aún en el de una historia universal.
Ahora que todo lo que ocurre en otros lugares del mundo tiene consecuencias en nuestra vida cotidiana, no resulta razonable que en las escuelas no se enseñe más geografía que la comarcal o regional, ni más historia que la de nuestras identidades locales. Ya dijo Renan que todo regionalismo oculta su propia historia. El mundo es el objeto de la educación y el mundo trasciende los límites de lo que es nuestro.
Así pues, es necesaria una historia útil, crítica, rigurosa y actual; moralmente neutra y políticamente desinteresada, pero inmersa de lleno en los debates que dan sentido a la vida intelectual y nos ayudan a «comprender» la auténtica realidad en la que vivimos.
Filosofía, Geografía, Historia… no agotan evidentemente la función esencial que las humanidades deben tener en el diseño de los planes de estudio para la educación en una sociedad plural. Otras disciplinas contribuyen al logro de los fines irrenunciables de cualquier proceso educativo. Para todas ellas, el objetivo final es, como Montaigne propone, lograr que los escolares tengan sobre todo cabezas bien hechas antes que cabezas bien llenas.