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«MISS ESPAÑA»

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VAMOS a descansar un poco de la guerra en Iraq, de los pacifistas españoles que lanzan piedras, de los manifestantes festivaleros, de Rodríguez-Pancartero y de Gaspar Husein. Hoy domingo, si mal no lo he leído, se celebra no sé donde el concurso de «Miss España». Este menda fue jurado en una ocasión -ningún deseo de repetir la experiencia-, con Anson de presidente y Mingote de compañero de vocalía. Aquel año ganó una guapísima y muy inteligente mujer de Bilbao, Inés Sainz. Se somete a las chicas que aspiran al premio a una prueba de dudoso gusto. Desfilan en traje de baño ante el jurado, se sientan en una silla ante los calificadores y éstos le formulan preguntas sobre su vida y aficiones para establecer su nivel cultural. Un día, la «miss» de turno, dijo que su afición predilecta era la pintura. Que ella se dedicaba a pintar en sus ratos libres. «¿Cómo definiría usted su pintura», le preguntó Mingote. Y ella, rápida y concisa, lo hizo sin titubeos: «Yo pinto como Velázquez pero con muchos más colores». No ganó.

Este concurso, que ahora pertenece al mundillo de los famosos, tuvo su importancia cultural en otros tiempos. Uno de sus promotores fue don Torcuato Luca de Tena, fundador de esta Casa. No se le imponía la esclavitud a la vencedora en el concurso, que los organizadores llaman «certamen». Después de un escritor habitual en un periódico -lo que se conoce por columnista-, el estado de esclavitud más acusado que hoy pueda darse es el que padece «Miss España». La organización se forra a su costa y ella pasea su belleza y su carne durante todo un año allá donde otros lo deciden. Suelen ser inteligentes y huyen de la dulce mazmorra en cuanto pueden. La libertad está por encima de todo.

En mis manos tengo, gracias a la generosidad de mi amigo el gran librero ecijano Antonio García Prieto, el folleto del concurso de «Miss España» correspondiente al año 1933. Sorprende y asombra la calidad del jurado, presidido por Pedro Rico, alcalde de Madrid. Ahí estaban los escultores Mariano Benlliure y Emiliano Barral. Los pintores Elías Salaverría, Julio Moisés y José Bermejo. Los escritores Eduardo Zamacois y José Francés -que además era crítico de arte, y al que Eugenio D´Ors le dedicó un precioso y preciso epigrama: «Por esta vez / José Francés, / ha sido en el elogio parco, / porque el pintor / tuvo el error / de regalarle el cuadro sin el marco»- era secretario del jurado el periodista Leopoldo Bejarano, y contaba con la colaboración y asesoría en cuestiones femeninas del modista «Antoine». No había «famosos» en el jurado porque aquello se tomaba bastante en serio, y a la vencedora del concurso se le regalaba un «Chrysler». Nada más recibir el «Chrysler», «Miss España» se subía a él con su novio, su maromo o su confesor habitual y no la volvían a ver el pelo ni por casualidad.

Hoy, ya con el triunfo en la mano y la diadema en la cabeza, la obligan a firmar un pliego de condiciones abrumador. Es penalizada si come chocolates y engorda. Si no asiste a los actos programados durante su «reinado». Si se enamora no puede viajar con el novio, el ligue, el compañero de hecho o la pareja sentimental, que en la actualidad son más las opciones anímicas y más amplias las posibilidades de disfrutar al unísono del «traveling», el «catering», el «jogging», el «siesting» y el «polving». A la pobre «Miss España» se le prohíbe todo eso, y sólo se le autoriza el «famoseing», es decir, la asistencia a cualquier fiesta, presentación o canapería ajena a sus intereses con la obligación de sonreír a los fotógrafos y someter su sensibilidad e inteligencia a la podedumbre social de ese mundillo, cada día más extendido, de necios, chulos, putas, monfloritas y chantajistas con carné de prensa.

Otro día volveremos con Rodríguez-Pancartero y Gaspar Husein. Lo de hoy es mucho menos cómico y más triste. ¡Pobre «Miss España»!

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