Orquesta Nacional de España. C. Moncloa, soprano. Dir.: A. Ros Marbà. Auditorio Nacional de Música. 22 de febrero.
MADRID. Técnica, gusto e inspiración se equilibran en Ros Marbà. El síntoma de una madurez que se prolonga en el tiempo en forma de arco vital y sobre el que siempre es posible reconocer momentos de especial iluminación, el acmé de los clásicos. De entrada, de quien ha sabido unir a la intuición una evidente necesidad de repensar la música sólo cabe esperar un mínimo de coherencia. Es la que señala un programa como el dirigido a la Orquesta Nacional en el que a la «Sinfonía de réquiem» de Xavier Montsalvatge se unió la «Patética» de Chaikovski. ¿Obras testamentarias? Es posible, la apasionante hipótesis del suicidio del compositor ruso argumentada por Alexandra Orlova señala su «espíritu cercano al réquiem»; también Montsalvatge sintió en 1985 el peso conclusivo de la partitura tal y como reconoce en su autobiografía. El destino le ha desmentido, y a punto de los noventa recordados en este concierto, sigue empeñado en no dar fin a lo que él ha querido llamar irónicamente «flecos» creativos.
Desde luego sí pueden ser obras cargadas de emoción y refinamiento, tal y como Ros Marbà vino a explicarlas. Partituras que en su interior huyen del exhibicionismo y que es posible contemplar con delectación a través de un cuidado sonido que se expande en el tiempo. Que Ros Marbà se muestre «celibidachiano», con toda la carga intelectual que conlleva el calificativo, es algo que ejemplifica el «adagio» inicial de la «Patética» al tiempo que reconoce la categoría de una orquesta que en los momentos de concentración es capaz de demostrar que es dueña de una sonoridad propia y muy bien acabada. Es posible que el empeño por hacer del programa un mensaje de introspección convirtiera en algo rígida la «caricatura» del vals del segundo movimiento de la obra de Chaikovski, quebrado por su estructura métrica a cinco, pero, a cambio, se redondeo la más suave partitura del maestro catalán: elegíaca en su entrada, puntualmente colorista en el «Agnus Dei», profunda en su conclusión reforzada por la voz, ahora más ancha y madura, de la soprano Catalina Moncloa.
Y frente a ello la banalidad de un ejército de toses, de esas que es posible mitigar con un pañuelito en la boca pero que se expanden por la sala cargadas de soberbia. En fin, «nada favorece tanto a la labor de la inteligencia como el ejercicio de imponer silencio en el entorno» (X. Montsalvatge).