Es cierto que impresionan los versos de Rafael Alberti dedicados a las Torres Gemelas a principio de los ochenta y recordados por ABC el lunes pasado con un vivo sentido de actualidad. Merece la pena copiarlos: «Aquí no baja el viento,/ se queda aquí en las torres,/ en las largas alturas,/ que un día caerán,/ batidas, arrasadas de su propia ufanía...». No es tanto que la sensibilidad del poeta penetre a la manera de la sibila en un suceso por venir como que expresa la noción trágica que acompaña siempre a los símbolos de la ambición y el poder. Y el hecho de que las torres hayan sido derribadas y el poeta hable en sus versos de la... «balumba... de vencidas, dobladas estructuras», nos inclina a descubrir ahí una «percepción mental», con veinte años de antelación, de la catástrofe, quizá algo parecido a lo que llamaban los estoicos «fantasía cataléptica». La torre, desde los tiempos bíblicos de la Torre de Babel, suele ser la señal de lo desmesurado, que nunca acaba bien. Señal también de un desafío al cielo. En «Las suplicantes», de Esquilo, la canción de las doncellas dice: «Él precipitó a los mortales en la sima de la perdición desde las altas torres de sus soberbias esperanzas». Manuel García-Pelayo, en su ensayo «Mitos y símbolos políticos», cuenta que entre los indígenas de Nyassalandia existe la extendida creencia en un libertador «que vendrá en avión», de manera que el mito libertador queda así «transferido a los aviones comerciales». Comerciales, pero agresivos, puesto que las bombas «sólo dañarán a los blancos, y, finalmente, vendrá la era de la felicidad». Sin embargo en el poema de Alberti lo particular y concreto, el efecto de un episodio preciso, es nítido como en una visión. Comentaba Pozuelo Vivancos también en ABC esos versos nacidos de las «visiones de un poeta» y hablaba de «Poeta en Nueva York», de García Lorca, donde se refleja numerosamente un «mundo deshumanizado». Citaba asimismo a Fritz Lang. Extendiendo el área de las imprecaciones igualmente podemos citar a Charlot en cuanto víctima propiciatoria de la deshumanización, o deshombrecimiento, como decía más dolorosamente Quevedo, entre las luces de Nueva York. Sin embargo yo tengo una idea distinta. Nueva York es la ciudad por antonomasia y allí me embarga sentimental y plásticamente el orgullo de ser ciudadano. Y las «largas alturas» no me agobian, antes al contrario me levantan hacia ellas, me enaltecen. Nueva York no empezó siendo un castillo, o una fortaleza, o un asentamiento de soldados, como tantas ciudades europeas, sino que empezó siendo ciudad y «sabiendo» que quería ser ciudad. Las altas, esbeltas y verticales torres destruidas se alzaban con optimismo civil menos que con soberbia. Están además las causas objetivas del urbanismo neoyorkino, tan imperativas como pueden serlo las causas del urbanismo veneciano o las de Cuenca. Cada ciudad crea su armonía a partir de sus condicionamientos sobre el terreno, y esa es su originalidad. La civilización metropolitana de Nueva York es, por otra parte, y a la vez, arte y pasión, utopía y experimento, tumulto y orden, libertad y riesgo. Es un concepto como lo fue Roma, y así más que una ciudad, más que una maravilla, viene a ser como aquella Roma que fue elevada a mito en los tiempos de Virgilio, culminación de señorío y poder, felicidad y decadencia. Allí todo ciudadano adquiere la forma socio/antropológica de ciudadano del mundo. Nueva York no niega sus contradicciones, sino que las confiesa y las vincula. Por eso su herida, en cuanto «caput mundi», es la herida de Occidente. La belleza infernal del desastre contemplado en el que los instrumentos fueron desviados de su función natural, aviones contra rascacielos, tiene el aire de una «lucha final», ese mito recurrente que está en todas las culturas y en todas las épocas. «Mira la máquina del mundo cómo tiembla en su convexa pesadumbre», leemos en «Carmen Saeculare», de Horacio. La idea se ha transformado en imagen y la imagen progresa como idea. A Bush o a alguien en el entorno de su poder se le escapó lo de «cruzada», y ello es tanto porque el extremismo islámico acude a la lucha con una teología de la historia como también porque los símbolos no pueden ser combatidos sino con otros símbolos.
Lo más leído
- 1. Ese expresidente del que usted me habla
- 2. Cuestionario para seleccionar al jurado de Begoña Gómez
- 3. El socialismo inverso de Zapatero
- 4. Miedo a Conde-Pumpido
- 5. Maricarmen, un sinsentido común
- 6. El idealista en el laberinto
- 7. Maricarmen o la manipulación emocional
- 8. Espray pimienta 9mm parabellum
- 9. Eso, a Ayuso
- 10. El espray