«Al que diga algo lo mataremos como hemos matado a ese perro»
El escalofriante relato en plena Guerra Civil del guardia que presenció el asesinato de Calvo Sotelo
Pedro Corral
El guardia de asalto Aniceto Castro Piñeiro, que iba en la camioneta 17 en la que fue asesinado José Calvo Sotelo, dejó en plena Guerra Civil un testimonio escalofriante del crimen. Era uno de los agentes uniformados que por turno de servicio tuvo que ... salir del cuartel de Pontejos aquella madrugada del 13 de julio de 1936 a una misión que sólo unos pocos conocían.
Aniceto Castro, que sería absuelto por los franquistas después de la guerra, afirmaría a los jueces de la Causa General que el teniente Alfonso Barbeta tranquilizó a los guardias implicados en el caso diciendo que del crimen «es responsable el director general de Seguridad, el ministro de la Gobernación y el Gobierno en pleno; a ustedes nada les puede pasar».
En el momento del magnicidio, Aniceto Castro estaba sentado a la izquierda del político de Renovación Española, en la tercera fila de asientos de la camioneta. A la espalda de Calvo Sotelo se situó Luis Cuenca, escolta del dirigente socialista Indalecio Prieto, al que Aniceto Castro se refiere como «el pistolero» en su declaración.
Instantes después, «el pistolero» que iba detrás del señor Calvo Sotelo, se incorporó y arrodillándose sobre el asiento disparó otro tiro a la cabeza de su víctima
El testimonio de Aniceto Castro que reproducimos se publicó el 19 de noviembre de 1938 en el número 62 del 'Noticiero de España', boletín de propaganda del bando «nacional», unos días después de que este guardia de asalto desertara a las filas franquistas desde las posiciones republicanas en la Ciudad Universitaria:
«Al subir el señor Calvo Sotelo a la camioneta, algunos de sus familiares se asomaron al balcón de su domicilio para despedirle, y él contento saludando con la mano. La camioneta partió veloz…
Se dirigió calle de Velázquez abajo. No había aún recorrido unos quinientos metros -o sea, llegábamos al cruce de Ayala- cuando se oyó un ruido seco, extraño. Entonces, el señor Calvo Sotelo, sin exhalar un grito ni un ¡ay!, sin una sola queja de dolor, cayó sobre el asiento delantero del departamento e inmediatamente sobre el guardia que iba a la derecha. Finalmente se desplomó sobre el piso de la camioneta. Dos individuos apretaron sobre el cuerpo para que cupiera entre los dos asientos.
Instantes después, 'el pistolero' que iba detrás del señor Calvo Sotelo, se incorporó y arrodillándose sobre el asiento disparó otro tiro a la cabeza de su víctima. Dijo: 'Ya cayó uno de los de Castillo'.
He de hacer observar que el primer tiro debió de darlo 'el pistolero' de abajo arriba, en la nuca, y el segundo, de arriba abajo, en la cabeza. Yo creo que el primero fue mortal de necesidad.
Entonces, el guardia que iba a la derecha del señor Calvo Sotelo se levantó y pasó a ocupar un asiento posterior. Yo continué en el mismo sitio.
La camioneta siguió por la calle de Velázquez adelante, llevando ya su terrible carga. Al llegar junto al cruce con la de Alcalá, había varias parejas de asalto que cacheaban y detenían los coches y pedían documentación a las personas que circulaban por la calle a aquella hora. Nos dieron el alto; pero al ver la camioneta de la Dirección de Seguridad y que éramos de la misma Compañía que ellos, nos dejaron seguir.
Continuamos nuestra ruta y nos dirigimos hacia el cementerio del Este. Nosotros lo que hicimos fue colocar el cadáver del señor Calvo Sotelo de forma que no fuese visible. Llegamos al cementerio. El capitán Condés y el guardia Del Rey bajaron y se dieron a conocer a los guardias del cementerio. Pasó la camioneta, que quedó bajo los arcos de entrada al recinto, y entonces el capitán dijo: 'A ver, bajad eso'. Y entre varios guardias bajamos al suelo el cadáver del señor Calvo Sotelo.
Yo le cogí de una mano, y otros de los pies y del otro brazo, y tiramos de él. Se conoce que por la postura en que había caído no salía con facilidad y tuvimos que tirar fuerte. A eso se deben las heridas que se observaron en las rodillas y las rozaduras de la piel. El cadáver quedó sobre las losas, debajo de los arcos.
Quedó mucha sangre en la camioneta. En seguida emprendimos el regreso y el chófer dirigiéndose al capitán Condés, y a los demás, dijo:
-Supongo que no me delataréis.
-No te preocupes -dijo el guardia Del Rey-. El que lo diga se suicida: lo mataremos como hemos matado a ese perro.
Y seguimos la marcha sin volver a cambiar ninguna sola palabra, hasta la plaza de Pontejos. Al llegar allí 'el pistolero', mejor dicho, el asesino material del señor Calvo Sotelo y el capitán Condés, aquel portando el maletín, se dirigieron a la oficina y poco después salió el comandante Burillo dando el brazo al asesino. Subieron al despacho de la Comandancia».