antonio Piedra
Tras el paro, salta la corrupción política. Qué hartura. Sinvergüenzas en cadena semejan ladillas del duque de Sevillano que, textualmente, se hizo rico «dando paja a los caballos del ejército». Al preguntarle Isabel II por el rumor, el aristócrata repuso: «al contrario, Señora, no dándosela». Y fue nombrado ministro de Hacienda. Ahora estamos en la misma jeta fachendosa. La versión digital la dio ayer el twitter de ese policía de Aljaraque (Huelva) que, ante la violencia de género, trazó la hoja de ruta de los canallas: «el truco está en escucharlas como psicólogo y follártelas como si te estuviesen pagando».
La corrupción política adopta idéntica imagen desvergonzada. La treta reside en un encaje psicológico - «el dinero público no es de nadie, dijo una ministra de ZP- que se reduce a elemental trola: una mentira repetida origina en el enfermo un falso consuelo metodológico, según Freud. Conclusión, que estamos en la corrupción del método: los políticos timadores -algunos sin bachiller- se doctoran en psicología para follarnos por el peaje de su indecente latrocinio. A esto se reduce Bárcenas, los Eres andaluces, la independencia catalana, y los desahucios éticos del comunista Valderas.
Por eso, cuando en el PSOE surgen voces valientes, como la de Cecilio Lera, el alcalde zamorano de Castroverde de Campos, denunciando a la tropa y a los apalancados de su partido que no dicen ni mu sino todo lo contrario, uno se pone a su lado incondicionalmente. Y por esto mismo, cuando Felipe González o Rubalcaba ponen cara de póker a la jueza que investiga los 1.500 millones de euros robados en Andalucía, la repugnancia y el escándalo se despeñan: acabemos con este bipartidismo de psicólogos por Aljaraque y folladores repelentes.