RECURSOS
El agua ya decide dónde crecen las empresas
Sequías, inundaciones y deterioro de la calidad del recurso están convirtiendo el agua en una variable capaz de condicionar la producción, las inversiones y las cadenas de suministro
Alexia Rodríguez
Madrid
El agua puede desaparecer durante meses y regresar de golpe, en cuestión de horas. Puede no alcanzar para mantener una cosecha, dejar sin capacidad de refrigeración a una instalación industrial, reducir la producción energética o convertir una fábrica en una zona inundada. Y hay otra ... posibilidad menos visible pero igual de problemática: que el agua esté ahí y, aun así, no tenga la calidad necesaria para utilizarse.
Durante mucho tiempo, para buena parte de las empresas el agua fue, sobre todo, una cuestión operativa. Entraba en las instalaciones, se utilizaba y terminaba reflejada en una factura, pero esa lógica empieza a quedarse corta.
La sucesión de sequías, inundaciones y episodios de contaminación está obligando a mirar el recurso de otra manera. El agua puede afectar a la continuidad de una actividad, condicionar dónde se invierte e incluso poner límites al crecimiento de una compañía. Y no hace falta estar en un país desértico para que ocurra.
En 2023, la escasez de agua afectó al 28% del territorio de la Unión Europea durante al menos una estación del año. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte, además, de que la superficie sometida a estrés hídrico no ha seguido una tendencia general a la baja.
Un riesgo que atraviesa toda la economía
La agricultura está en primera línea, pero el problema no termina en el campo. Una industria necesita agua para limpiar, refrigerar o generar vapor. Una central hidroeléctrica depende de que existan caudales suficientes. Y el turismo puede disparar la demanda precisamente cuando el recurso escasea. Hay, además, una parte del problema que puede quedar lejos de la fábrica.
Una empresa puede consumir relativamente poca agua de forma directa y, sin embargo, depender de ella a través de sus proveedores. Si una sequía afecta a un país productor, puede reducir la disponibilidad de algodón, café, frutas o cereales. El impacto acaba viajando de una economía a otra en forma de precios más altos, retrasos o problemas de abastecimiento.
El alcance llega incluso al sistema financiero. Un análisis del Banco Central Europeo concluye que, ante una sequía extrema pero plausible, la escasez de agua superficial podría poner en riesgo cerca del 15% de la producción económica de la zona euro. Las inundaciones añaden otro frente: pueden dañar fábricas, almacenes e infraestructuras. Y cuando el problema es la contaminación, aumentan los costes de tratamiento o directamente desaparecen determinados usos posibles del recurso.
El Informe Tendencias ESG 2026, de Forética, sitúa el agua entre los principales vectores de los riesgos físicos asociados al cambio climático. Según el documento, el 91% de las pérdidas económicas provocadas por las diez principales catástrofes naturales registradas en 2024 estuvo relacionado con fenómenos hídricos.
«El agua ha dejado de ser una cuestión exclusivamente técnica u operativa. Su disponibilidad, calidad y coste pueden condicionar la continuidad de una fábrica, la solidez de una cadena de suministro o la capacidad de crecer en un territorio. Por eso debe formar parte de las decisiones de la alta dirección», señala Germán Granda, director general de Forética.
No basta con reducir el consumo
Ante este escenario, la reacción más inmediata suele ser intentar utilizar menos agua. Tiene sentido. Y puede marcar una diferencia considerable. Circuitos cerrados, detección de fugas, reutilización o cambios en los procesos de limpieza permiten reducir las extracciones y, de paso, los costes.
Un ejemplo está en la fábrica de L'Oréal en Burgos, que en 2017 se convirtió en la primera planta del grupo en aplicar el modelo Waterloop Factory. La instalación trata y reutiliza en circuito cerrado el agua destinada a distintos servicios industriales, entre ellos la limpieza de equipos y la producción de vapor. Pero circular no significa independizarse por completo del exterior. La red de abastecimiento sigue siendo necesaria para el consumo humano y para el agua que se incorpora a determinados productos y debe cumplir requisitos específicos de calidad. Para los servicios industriales, en cambio, la planta recurre al agua reutilizada dentro de sus propias instalaciones.
El caso de Burgos muestra hasta dónde puede llegar la circularidad del agua. También dónde aparecen sus límites. Una fábrica, por eficiente que sea, no funciona aislada: depende de infraestructuras compartidas y utiliza una cuenca que también necesitan los habitantes de la zona, los ecosistemas y otras actividades económicas.
El riesgo depende del lugar
Hay una diferencia importante respecto a otros recursos: con el agua, el lugar importa tanto como la cantidad. Un metro cúbico consumido en una cuenca con abundantes recursos no tiene las mismas implicaciones que ese mismo metro cúbico en un territorio acostumbrado a las sequías. Y mirar únicamente el consumo anual puede llevar a engaño. La presión hídrica puede concentrarse en unos pocos meses y convertirse entonces en un problema mucho mayor.
Por eso, conocer el volumen utilizado es solo el principio. También hay que saber qué ocurre en la cuenca, cómo evolucionan las precipitaciones, cuánto extraen otros usuarios, cuál es la calidad del recurso y qué necesidades compiten por él. A eso se suman los escenarios climáticos, la regulación, el posible encarecimiento del abastecimiento y algo más difícil de medir: la aceptación social de determinadas operaciones.
La Guía para CEO: El agua en el centro de la estrategia, elaborada en el marco del Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible, liderado por Forética y compuesto por más de 40 CEO y presidentes de compañías, propone estudiar la relación de las empresas con el agua desde cuatro perspectivas: como producto, como proceso, como elemento de la cadena de valor y como factor territorial.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia el análisis. En algunos negocios, el agua está presente directamente en el producto o servicio que llega al consumidor. En otros ni siquiera se ve, aunque sea imprescindible para refrigerar, limpiar o generar vapor. Y a veces el punto más vulnerable ni siquiera está dentro de la empresa: puede encontrarse en un proveedor situado en una zona con estrés hídrico o en un cliente cuyo funcionamiento depende del acceso al agua.
Mirar solo las instalaciones puede dejar fuera una parte importante del riesgo. Una compañía puede haber reducido drásticamente su consumo y seguir expuesta porque las materias primas de las que depende proceden de una zona vulnerable. Otra puede utilizar muy poca agua y, aun así, encontrarse en un territorio donde las restricciones terminen afectando a sus empleados, a sus clientes o a las infraestructuras necesarias para mantener la actividad.
De la factura al mapa de riesgos
Incorporar el agua a la estrategia empresarial cambia también las preguntas. Ya no basta con saber cuánto se consume o cuánto cuesta, hay que averiguar de dónde procede el recurso, qué procesos se detendrían sin él, cuánto tiempo podría mantenerse una instalación si llegaran restricciones y qué proveedores están expuestos a problemas similares.
El punto de partida puede ser un mapa de dependencias: instalaciones, productos y materias primas que necesitan agua para funcionar. Después llega el cruce con la realidad del territorio: cuencas, sequías, inundaciones, calidad del agua. El siguiente paso es llevar esa información a decisiones concretas, desde los planes de continuidad hasta las inversiones o la selección de proveedores.
No existe una receta única. Una compañía podrá reutilizar aguas residuales o buscar fuentes alternativas. Otra tendrá que cambiar procesos. En determinados sectores será más importante diversificar proveedores; en otros, trabajar junto a agricultores y administraciones para mejorar la gestión del territorio del que depende la actividad.
En todo ello, la tecnología también puede ayudar mucho. Los sistemas digitales permiten localizar fugas y seguir los consumos prácticamente en tiempo real. Así, el riego de precisión reduce las extracciones y las soluciones basadas en la naturaleza pueden contribuir a retener agua y amortiguar el impacto de las inundaciones.
Pero ninguna herramienta tecnológica resuelve por sí sola un problema que afecta a toda una cuenca. Una fábrica puede controlar perfectamente su consumo y seguir dependiendo de lo que ocurra fuera de sus muros.
Prepararse para la volatilidad
Durante años, la gestión del agua en las empresas se ha apoyado en una idea relativamente sencilla: calcular cuánto recurso hacía falta para mantener la actividad y asegurar el suministro. El escenario está cambiando.
Ahora hay que contemplar periodos prolongados de escasez, lluvias extremas, cambios en la calidad del agua y una competencia cada vez mayor entre distintos usos. No se trata solo de prepararse para un año seco, sino de asumir que las condiciones pueden dejar de parecerse a las que sirvieron para planificar el negocio.
Y aparece otra dificultad. Porque el precio del agua no siempre refleja todo lo que cuesta disponer de ella: captarla, transportarla, tratarla y devolverla al medio tiene un coste. También lo tiene que el recurso deje de estar disponible cuando una actividad depende de él.
Así, el verdadero valor del agua suele hacerse visible cuando falta. Entonces aparecen las cosechas perdidas, las fábricas que tienen que parar, las materias primas que se encarecen, las infraestructuras dañadas o las inversiones que dejan de tener sentido en un determinado territorio.
La pregunta, por tanto, ya no es únicamente cuánta agua consume una compañía. Es cuánto depende de ella. Dónde está esa dependencia. Y qué le ocurriría al negocio si el agua dejara de llegar en la cantidad, en el momento o con la calidad que hasta ahora se daba por sentada.