Si todo transcurre como parece, Sánchez será investido presidente del Gobierno justo después de que los Reyes hayan cursado su visita a los hogares españoles. Obsesionado por los símbolos, el sanchismo gusta de enviar mensajes con sus decisiones. Ahí tienen la elección de cambiar el ... colchón de La Moncloa, confesada por el doctor en el libro que le escribió su secretaria de Estado, como mensaje de «gran fuerza simbólica» en la que fue su primera decisión al llegar al poder, porque [ojo a la altura del razonamiento] «dos que duermen en el mismo colchón acaban siendo de la misma opinión», ergo él no podía dormir en el que utilizó Rajoy.
Así que convertir su investidura en un regalo de Reyes para los españoles entra dentro del complejo universo cognitivo del presidente, aunque para ello tenga que poner patas arriba el Congreso con el fin de organizar todo a la carrera. Todos los diputados, el personal de la Cámara, las Fuerzas de Seguridad, esos periodistas que tienen la «enfermiza manía» de preguntar... todos movilizados en fechas complicadas y con el aumento del coste que ello conlleva. Pero para alguien que va a la boda de su cuñado en helicóptero (desde lo de la Pantoja lanzándose al agua desde uno no se recordaba nada más aparatoso en materia de autogiros), o para quien coge el Falcon para ir a un concierto a Castellón, estas cosas pasan a un lugar remoto en sus consideraciones. Hay en todo ello un evidente tic narcisista (se ha llegado a autocalificar como «Pedro el guapo» en un escrito), como una especie de aldeana obnubilación por el poder recién adquirido y sus facultades, que casi pasa por considerar súbditos a los ciudadanos, que deben estar al servicio de «su» presidente y no al revés. El papelón de ponerse en el besamanos de los Reyes en el Palacio Real, los retrasos o plantones a Don Felipe, o preterir la figura del jefe del Estado en la reciente Cumbre del Clima, no deben ser considerados simples lapsus sino síntomas de su disparatada megalomanía.
Quizá la razón de este comportamiento se base en el juego de los contrapesos, es decir, en que íntimamente él se sabe como el presidente del Gobierno con menos diputados de todos los que han habitado en La Moncloa. De hecho, las escandalosas cesiones que ha venido realizando ante los separatistas con tal de seguir en el poder son el resultado de esa debilidad. Lo último ha sido ceder en una especie de referéndum de autodeterminación encubierto. Ceder, en fin, ante un político de la «talla» de Rufián, que no es que parezca el Churchill del siglo XXI, define esa menesterosidad y nos lleva a la penosa conclusión de que este año los Reyes nos van a traer carbón a los españoles.