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Bailando con el oso
No creo que tanto a unos como a otros, a Biden como a Putin les interese tensar tanto la cuerda que termine rompiéndose, pues lo que se podría romper serían sus narices
¿Vamos hacia otra gran guerra con Rusia?», me preguntan. «En Kazajistán ya están», suelo responder. «Me refiero a Ucrania», advierten ya serios. «Depende», digo con aire resignado. «Esa no es una respuesta», ya un pelín enfadados. «De acuerdo, pero es la realidad», y me ... dispongo a dar la explicación: «Depende de lo que tanto los rusos como los europeos occidentales estemos dispuestos a arriesgar.
Está visto que Vladímir Putin quiere un cinturón de seguridad en torno a sus inmensas fronteras. Es decir, una especie de colchón que le aísle de cualquier injerencia militar, económica y política.
No hay que olvidar que Rusia ha sido a lo largo de su historia invadida desde el Este, de donde procedían las tribus más feroces camino del paradisíaco Mediterráneo, Atila el más famoso, y desde el Oeste, al ser el objetivo de los más audaces dictadores, Napoleón, Hitler. Para ello se valió de las repúblicas soviéticas asiáticas y de los estados satélites en Europa.
La caída del Muro berlinés liberó a los segundos, que son hoy miembros de la Unión Europea, o intentan serlo, Ucrania la que más, con la reacción de Putin de ocupar Crimea y apoyar a los independentistas de la minoría mayoritaria rusa en el Este del país, algo a lo que Kiev se opone rotundamente, dando lugar a roces en aquella frontera que han hecho decir al secretario general de la OTAN, Stoltenberg, que «existe un riesgo real de conflicto. Ucrania no es un aliado, pero es un socio valioso».
No se prevén acciones militares, ya que Rusia acaba de enviar allí 100.000 soldados, pero se amenaza con sanciones económicas y diplomáticas duras, según sea la injerencia rusa en Ucrania. Que a su vez dependerá de hasta qué punto Europa y Estados Unidos están dispuestos a pinchar el colchón aislante en torno a Rusia. No creo que tanto a unos como a otros, a Joe Biden como a Vladimir Putin les interese tensar tantísimo la cuerda que termine rompiéndose, pues lo que se podría romper serían sus narices. Pero cuando anda por medio el honor nacional, puede ocurrir cualquier cosa.
Lo de Kazajistán, aunque pertenece al mismo capítulo y buena parte de la población quisiera soltar amarras de Moscú, allí manda un seguidor de la doctrina y métodos soviéticos, que llama terroristas a quienes piden plena independencia y ha ordenado disparar a matar a los manifestantes. Aparte de quedar muy lejos para ayudarlis. Pero advierte a Putin que las ansias de libertad atraviesan todo los cinturones.
O sea, que todo depende de cómo se baile con el oso ruso.