Vidas ejemplares
Todos estaremos ahí
Y el frío de la vida moderna nos aparcará en residencias
Recién acabada la guerra tuve ocasión de visitar Afganistán. Me llamó la atención descubrir que en la cultura de los afganos, un pueblo indómito, si se les plantease la terrible disyuntiva de elegir entre la vida de un niño y un anciano, ellos harían lo ... contrario que un occidental: elegirían salvar al viejo. En su filosofía, los ancianos son una realidad que aporta al clan todo su saber acumulado, mientras que los niños son solo una expectativa.
Hubo un tiempo en que en Europa también se veneraba a los viejos. Por edad, todavía pude ojear algo de la aldea gallega ancestral, casi neolítica, donde quien llevaba los pantalones de la casa solía ser el más añoso, para más señas: la abuela. Cuando se produjo el éxodo del rural a las ciudades, la primera generación de aldeanos transmutados en flamantes urbanitas todavía mantuvo a los viejos en sus casas, ahora pisos, donde convivían apretujados padres, hijos y abuelos. Lo que anudaba esos lazos tan humanos era, por supuesto, el esfuerzo ingente de las mujeres, que secularmente prodigaron sus cuidados y su cariño a los ancianos sin estipendio alguno, y a veces sin siquiera reconocimiento. Mis tíos y mi padre estaban embarcados. Los niños los veíamos como héroes. Pero eran sombras siempre ausentes en el mar. Las que sostenían el tinglado eran ellas, que excepto en traer un sueldo se encargaban de todo. Entonces no me daba cuenta, pero hoy me asombra y me admira recordar la naturalidad con que algunas de mis tías cuidaban en sus pisos a una suegra o a un padre con alzhéimer, una labor agotadora que sumaban sin una queja al carro de tareas que ya tenían encima.
Por fortuna llegó otro mundo. Las mujeres pudieron al fin salir a competir de igual a igual en el mercado laboral y desarrollar todas sus potencialidades (en las universidades están barriendo a los hombres). Pero aquel avance tuvo también un peaje que nunca se admite: sin ellas en los hogares se tornó imposible cuidar como antes a niños y abuelos (siento reconocer que los hombres todavía somos un fraude a estos efectos). Además, la espectacular mejoría del nivel de vida nos ha vuelto a todos hedonistas. Ya no estamos dispuestos a pandar con los abuelos -y «sus cosas»- viviendo con nosotros. Aunque sí los queremos para que nos hagan de canguros gratuitos. La factura del progreso: cuando los ancianos se vuelven desvalidos o incapaces son aparcados en residencias, unas buenas, otras...
En España todavía preservamos los valores familiares. No padecemos el horrible frío de la Europa norteña hacia los mayores, víctimas de epidemias de soledad. Los visitamos continuamente, los sacamos a comer, estamos pendientes a diario... Pero hay algo demoledor en acabar tus días fuera de tu casa y alejado de aquellos por quienes habrías dado la vida: tus hijos. Durante el pico de Covid en las residencias españolas, menos de un 1% de los mayores fueron reclamados por sus familias para llevárselos a sus casas con ellos. Las exigencias de la vida moderna tal vez no permitan más. El Papa lo llama «la cultura del descarte». La sarcástica paradoja es que quienes hoy nos desentendemos de ellos también estaremos ahí. Y antes de lo que imaginamos.