Perdigones de plata
Amigachos
Colocar al próximo en un cargo rutilante cuando detentas mando en plaza casi supone un alarde reglamentario perfectamente instaurado
Caminas absorto en tus bagatelas y estalla ese momento penoso en el cual te saluda alguien empleando destartalada alegría. La confusión te inunda y entonces suelta: «¿No me recuerdas? Íbamos juntos a la misma clase...». Si un alien escupiese su corrosiva sangre contra tu faz ... no te sentirías peor. Enchufas el disco duro y exprimes tu memoria para salir del atolladero, pero nada. Mi peor respuesta fue: «¿Qué clase? ¿La del instituto, la de la facultad o la de aquella academia de inglés a la que me apuntaron a traición mis padres?». El tipo de aquella vez se marchó indignado. Lo de los ofendiditos no es de ahora, viene de lejos.
Colocar al próximo en un cargo rutilante cuando detentas mando en plaza casi supone un alarde reglamentario perfectamente instaurado. Lo que de verdad me asombra de Sánchez es que mantenga a sus amigos del instituto. Tremendo. Admirable. Salí del instituto y la cuadrilla se disolvió al poco tiempo ante la falta de roce. Lo mismo sucedió al abandonar la facultad. Y qué decir de las amistades que brotaban cuando los veranos... También les confieso que me embargan las dudas.
¿Soy el único que cambia de compañía cercana conforme los vaivenes de la vida te arrastran de un lado a otro? Espero que no. Creces, evolucionas, te embarcas en proyectos, tu piel se endurece, tus apetitos mutan... Es inevitable conocer gente nueva que sintoniza contigo, de ahí que, desde la naturalidad, te deslices hacia determinados círculos. Unos aparecen y otros se evaporan. Es lo normal, supongo. Sánchez no sólo conserva los colegas de sus tiempos lampiños, sino que les premia con distintas, lucrativas bicocas y, de remate, con plácidas estancias en lugares de ensueño. Muy fiel a sus principios no parece (no dormiría al compartir gobierno con...), pero la fidelidad hacia sus amigachos me conmueve. Elvis Presley derramaba formidable generosidad con sus amigos de Memphis, pero los dólares emergían de su privadísimo bolsillo. Gran diferencia.