El lunes conocí a una chica de 20 años y algo me parecía oscuro en la conversación y no era la diferencia de edad y pregunté un poco y le costaba contestar hasta que ya muy tarde me contó la terrible historia. Su hermano la ... había estado violando de los 10 a los 14 años. No fueron juegos, fue violencia. Los mil bloqueos se le notaban al instante. El dilema es que sus padres no lo saben. Teme no ser creída y se ha acostumbrado de tal modo a vivir con la angustia y con el miedo que recordar le duele y ya no digamos removerlo. Aún vive con su hermano pero hace años que no la agrede, desde que le amenazó con un cuchillo el último día que intentó hacerlo. El dilema es si ante algo tan espantoso uno tiene el deber de denunciarlo o prevalece el derecho de la víctima a continuar siéndolo y a vivir en el tormento. ¿Quedarme callado es un encubrimiento? Si me hubiera enterado viéndolo o porque su hermano me lo hubiera contado, ¿sería cómplice de no denunciarlo? ¿Su silencio es su voluntad y hay que respetarla; o es una herida más que hay que curarle? Lo cómodo es pensar que es su vida. Lo incómodo es pensar que podría ser mi hija. Lo fácil es desentenderse. Lo difícil es saber dónde está el límite entre lo que se sufre y lo que se quiere. ¿Puede existir la libertad en el bloqueo y el miedo, abrumada por la angustia que durante años se te fue incrustando y ya ni sabes qué es vivir sin que te asfixie? Si el derecho a la intimidad protege a un agresor, ¿puede considerarse un derecho?, ¿puede considerarse intimidad? Yo siempre he gestionado a mi imperfecta manera mis fantasmas. Supongo que desde fuera alguien ha pensado alguna vez que peor no podía hacerlo, y ha sentido la noble pulsión de ayudarme, y de tomar por mí alguna decisión trascendente. Me alegro de que no lo haya hecho, pero si hubiera sucedido, ¿podría enfadarme con uno que sólo quería mi bien y se hartó de ver cómo me autodestruía? Me parecen enfermizos todos y cada uno de los motivos por los que esta chica no se lo cuenta a sus padres, pero no estoy seguro de ser nadie para juzgar su silencio y mucho menos para romperlo. Si yo fuera su padre querría que alguien me lo contara. Si yo fuera su hermano sabría cómo defenderme y hacerle pasar otro calvario. De ser ella no creo que supiera ser más fuerte, ni que pudiera hacer algo distinto de lo que ella hace. Es desesperante pasar muy cerca del dolor y ver su marca y no poder decir nada. Es degradante para ella, es degradante para mí y es degradante para los que no se enteran. Me pregunto en qué momento sus padres dejaron de escucharla, de mirarla, de sentirla. Me pregunto en qué momento dejaron de realmente vivir con ella, porque a mí me bastó una hora para entender que algo no funcionaba, y que era algo grave. Me acabó de devastar que tuviera que dar muchas explicaciones por llegar tarde a casa pero que nunca le hayan preguntado por su tensión, por su mirada huidiza, por su clamorosa tristeza. Para que algo así suceda, y durante cuatro años, alguien tiene que expresamente no verlo. No enterarse hace a un padre culpable. Inhibirse es no ser un padre. Que el Mal existe, yo esto ya lo sé. Que podemos frentearlo pero que muchas veces va a vencernos, también lo he aprendido, y con toda la crudeza. Pero si un día mi hija está cayendo y no lo veo, será mi última forma de impotencia y no sabría a qué posible forma de libertad adscribir su silencio.