Nostalgia preventiva
Es la vieja costumbre de echar de menos lo que aún no se ha ido. Es esa manía de pensar, mientras brindamos
Pues ya lo tengo claro: padezco nostalgia preventiva. Es lo que tiene esta época, que anticipa incluso lo que aún no ha ocurrido. La prisa es ya una vertiente de la nostalgia, pero preventiva, porque no nos damos tiempo a la acuñación del recuerdo. Resolvemos ... las despedidas antes de que termine la fiesta. Estamos sopesando un funeral de Juan Carlos, lejos de aquí, pero antes de que vuelva mañana a pillar almejas en Sangenjo. Al Madrid ya le suponemos fuera de la Champions, y Sánchez tiene la cabeza en el porvenir de las generales. He aquí el nuevo presente. Somos añorantes previos a la pérdida. De tanto pensar en lo venidero, nos impedimos un pasado. La nostalgia preventiva no es un mal nuevo, obviamente, sino la vieja costumbre de echar de menos lo que aún no se ha ido. Incluso lo que aún no ha llegado. Algo hay, en esta nostalgia, del sentimentalismo nacional de toda la vida, esa inclinación a cruzar el presente con reprís homicida, porque lo que se vive parece más hermoso cuando ya lo estamos archivando, y porque sí. La nostalgia preventiva es esa manía de pensar, mientras brindamos, que tocar recordar este brindis. Y eso se alivia, en teoría, con atención plena, que es una disciplina oriental y algo heroica, pero los malestares del fenómeno son más hondos, creo yo, y se mitigan mal, porque grabamos vídeos para un futuro que aún no duele, porque guardamos conversaciones como reliquias, porque paseamos mirando ya la penumbra del recuerdo, porque queremos en cada verano el último verano. Tanta alerta desprecia la existencia. Nos despedimos en mitad de la alegría, porque sospechamos del presente, que es un pispás de nada, y decimos «qué tiempos aquellos» cuando todavía son estos, porque vamos más al álbum que al instante. Es moda la vida de archivo. Y hasta echamos mano de filtros, que añejan la imagen en el mismo momento de concretarse, simulando una memoria que aún no ha tenido la oportunidad de dañarnos. Siempre pensé que mi tendencia a la evocación era una forma de sensibilidad literaria, un romanticismo doméstico sin consecuencias. Pero se llama nostalgia preventiva. Que va a seguir despidiéndose de todo antes incluso de que ocurra.