Cancelar la disidencia
¿Qué ideas tan frágiles tienen quienes son incapaces de expresarlas frente a quien no las comparte?, ¿qué es lo que temen, que se resquebrajen sus principios, que les quiten la razón, que los convenzan de lo contrario?
No estaba muy claro por qué habían cancelado a la escritora Ariana Harwicz del Festival Cultur Alh de Granada, si era por judía o por no apoyar el boicot cultural contra Israel, y un comunicado ha venido a confirmar que su problema es que no ... es antisionista, esto es, que no dice genocidio cuando habla de Palestina, y que por tanto lo niega. Es ese no ser, ese no decir, lo que convierte su cancelación en un aviso a los demás, y marca la ruta a seguir para el resto de la intelectualidad que quiera estar en los saraos.
En el texto, firmado por escritoras como Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro o Lina Meruane, entre otras, las autoras se preguntan si tiene algún valor y es éticamente correcto compartir un espacio público con alguien así, alguien, se entiende, que no levante su misma bandera, que no repita sus mismas consignas respecto a un mismo tema, aquí Palestina. Además, celebran que hayan sido los estudiantes los impulsores de esta cancelación, pedida por carta a los organizadores, un detalle que revela que la creación de espacios seguros sigue vigente en la universidad española: hay alumnos que pretenden graduarse sin que nadie ponga en duda sus principios, sus ideas, que son incapaces de escuchar un discurso que ellos consideren incorrecto desde el punto de vista moral. Es eso lo que han celebrado las firmantes, en una empatía muy 'young-adult'.
El comunicado me recordó a algo que le leí hace un tiempo a Delphine Horvilleur, una rabina francesa que oficia entierros en París, una labor que inspiró su libro 'Vivir con nuestros muertos'. Cuando cuenta el de Elsa Cayat, que fue asesinada en el atentado yihadista contra 'Charlie Hebdo', Horvilleur se pregunta: «¿Detectaron los asesinos la obscena paradoja de su gesto homicida? (...) ¿Qué Dios grande se torna tan miserablemente menor como para necesitar que unos hombres salvaguarden su honor?». Es una pregunta que nos devuelve otra: ¿qué ideas tan frágiles tienen quienes son incapaces de expresarlas frente a quien no las comparte?, ¿qué es lo que temen, que se resquebrajen sus principios, que les quiten la razón, que los convenzan de lo contrario?
Hay muchos valores en juego cuando compartimos un espacio público con quien no cree lo mismo que nosotros, más aún cuando opina exactamente lo contrario respecto a un tema central. No es solo que se aprenda a pensar en la disidencia, un lugar común y cierto, sino que en la discusión entre intelectuales se cifra la supervivencia de una cultura del diálogo y el debate que nos aleja de la barbarie. Nada se arregla apartando a una escritora de tu escenario, porque lo cierto es que sigues compartiendo mundo y realidad con ella, quieras o no. Su voz existe aunque te niegues a escucharla, y si realmente crees firmemente en lo que dices, querrás convencer a ella y a quienes piensan como ella de que están en un error, ¿no?
Con un argumento similar un periodista entrevistó a un asesino e hizo un documental.