CAFÉ CON NEUROSIS
Ególatras tuertos
No tenemos sólo un problema de visión y una falta de humildad: nos falta decencia
Me parece que es Enrique Jardiel Poncela, quien describe a un personaje, insoportablemente fatuo y pagado de sí mismo que, en un momento de la narración –y a pesar de que los petulantes nunca se censuran a sí mismos– hace una pausa, por la ... caridad de no apabullar demasiado a su interlocutor, y parece enmendarse diciendo: «Bueno, ya hemos hablado bastante de mí… Hablemos ahora de ti: tú ¿qué piensas de mí?». Nunca me he tropezado con una descripción tan elegante y certera del narcisista. Y me acordé de esa fina radiografía, el pasado sábado, cuando el millonario en dólares y jactancias, Donald Trump, se presentó ante los periodistas para describir la intervención en Venezuela, como una hazaña jamás llevada a cabo nunca por un presidente de Estados Unidos, hasta que llegó él, y con su talento y arrojo, logró devolver el prestigio a Estados Unidos. Con Putin, de momento, no ha podido, pero con otro de la cofradía de petulantes, con el conductor de autobús que derivó en tirano, le ha salido perfecto. Casi me extrañó que, al convocar la rueda de prensa, no apareciese con el uniforme militar de camuflaje, porque había momentos en que parecía que el que conducía el helicóptero, y apresaba a Maduro y a su mujer, era el propio Donald Trump, naturalmente después de haber diseñado, también él mismo, todos los detalles de la operación.
Debo reconocer que ni en bares de barrio, ni en pandillas de arrabales, he conocido a un tipo tan sincero en sus soberbias, como este millonario, hijo de millonario, que desgrana sus alardes, engrandecidos con su propia interpretación, con una sencillez tan apabullante, que cuesta trabajo creer que haya seres humanos así.
Tenemos en España un narcisista muy conocido, pero Pedro I 'El Mentiroso', no alcanza esta falta de complejos de Donald Trump, que es de tal calibre que casi dudas de que sea verdad lo que oyes.
Y, junto al ególatra, el fin de semana se nos llenó de tuertos, que sólo ven por el lado izquierdo. Así que, nada más conocerse la maniobra de Trump, todos los tuertos que no dijeron una palabra cuando Maduro llevó a cabo el grosero robo de las elecciones, los que creyeron que millones de venezolanos se habían marchado del país por hacer turismo, los que afirmaban que en Venezuela se comía tres veces al día, se llenaron de dolor, y dieron muestras de su exquisita sensibilidad, oponiéndose al acto de fuerza de Estados Unidos. Los mismos tuertos que, apenas murmuraron cuando Putin invadió brutalmente Ucrania, y nunca protestaron cuando los rusos atacaron hospitales, los mismos que se dieron cuenta de que esto estaba feo si los hospitales eran palestinos y las bombas israelíes, también hablaron del derecho internacional para defender al dictador Maduro, porque ellos quieren a Venezuela aunque no feliciten a una venezolana, cuando recibe el Nobel de la Paz. No tenemos sólo un problema de visión y una falta de humildad: nos falta decencia.