¿Y si cancelamos todo lo que venga de los judíos?
Ser judío y ser ciudadano de Israel son dos cosas distintas. Incluso se puede ser judío siendo laico y no creyente, como lo son muchos artistas e intelectuales
La cancelación de la escritora argentina Ariana Harwicz —vetada del Festival Cultur-Ahl de Granada— no es un acontecimiento aislado en el mundo de habla hispana, pues la escritora mexicana Margo Glantz sufrió un amago de cancelación el año pasado en la UNAM. En ambos ... casos, las dos escritoras de origen judío criticaron la ruptura de convenios con universidades e instituciones culturales de Israel, así como la supresión de exposiciones o giras de artistas israelíes. Ninguna de las dos se ha posicionado a favor de las masacres perpetradas por Netanyahu ni se han ciscado en el pueblo palestino, pero a ambas se les exigen pronunciamientos rotundos y virulentos para ser admitidas en los ambientes «culturales».
Lo he sostenido muchas veces, pero no está de más insistir: ser judío y ser ciudadano de Israel son dos cosas distintas. Incluso se puede ser judío siendo laico y no creyente, como lo son muchos artistas e intelectuales hispanoamericanos. Sin embargo, eso no significa que ignoren sus raíces, que repudien a sus abuelos exterminados por los nazis o que renieguen de sus ancestros expulsados de tantos países. Nadie puede imaginar la compleja red internacional tejida por las familias judías esparcidas por todo el planeta. No tienen por qué apoyar a Netanyahu, pero les concierne el Estado de Israel. No debería ser tan difícil de entender.
Ahora mismo la llamada «Ley de Nietos» polariza nuestra convivencia, pero quiero recordar que hace unos años se aprobó la Ley 12/2015, que permitió que 74.500 descendientes de familias sefarditas obtuvieran la nacionalidad española. Se recibieron más de 150 mil solicitudes y nueve de cada diez solicitantes fueron hispanoamericanos. Eso sí, a diferencia de la «Ley de Nietos», aquellos judíos solicitantes tuvieron que acreditar su condición de sefarditas originarios de España y una vinculación personal con España. ¿Alguien en su sano juicio sería capaz de promover la supresión de todas esas nacionalizaciones?
Como es lógico, en el ámbito hispanoamericano existen intelectuales judíos de izquierdas que se han pronunciado sobre la masacre de Gaza y nadie se ha atrevido a denunciarlos. Pienso en el escritor Martín Kohan, quien denunció en «Aflicción» (2023) las reducciones interesadas en homologar Palestina con Hamás e Israel o los judíos con Netanyahu; pero ni Ariana Harwicz ni Margo Glantz fueron tratadas con la misma consideración.
Si el furor cancelador se extendiera sobre todas las contribuciones de los judíos, cancelaríamos a Marx, Freud, Lévi-Strauss, Einstein, Oppenheimer, Woody Allen, Spielberg, Kubrick, Lubitsch, Leonard Cohen, Mahler, Spinoza, Berlin, Arendt, Derrida, Wittgenstein, Steiner… ¿Estamos tontos o qué?