Una lección en la calle Córdoba
Hay una tendencia paternalista del sevillano, tan propia de su genético chovinismo, a preocuparse por la imagen que se llevan los turistas de la ciudad
Sentarse a ver pasar la tarde y la vida en la plaza del Salvador es un placer al que no se puede renunciar bajo la excusa de que el centro de Sevilla está turistificado. ¿Quién lo desturificará? Pues el sevillano que no caiga en el ... error de la incomparecencia. Sentarse, «como un turista», en un velador del Salvador te ofrece una sosegada y objetiva lectura de las últimas páginas de la enciclopedia de la ciudad. Los sevillanos remolonearon el sábado y mandaron en la plaza con sus trajes y urgencias de vísperas pasadas las siete, cuando la Colegial era colmena de expectación ante los pasos del Amor y sendero hacia el Señor de Pasión, expuesto a esta nueva Babilonia para convencernos de que todo permanece y somos nosotros, las modas y las costumbres las que mutan.
Antes tomamos café donde Domi Vélez, el famoso panadero lebrijano padre del 'domicao'. Probamos su versión cuaresmal, la 'domirrija', un bollo con sabor a torrija que viene a ser, a mi gusto, el borrón inevitable del mejor escribano. Por el paso de tórtolas del eje Salvador-Álvarez Quintero, tan cofrade, seguía pasando la hermandad de los turistas, que ya es la de más amplia nómina de la ciudad excesiva. Pasamos el rato adjudicando nacionalidades a los paseantes, haciendo comentarios de sus ternos matalasquesños y pensando qué sentirán entre bullas y cofradías. Porque hay una tendencia paternalista del sevillano, tan propia de su genético chovinismo, a preocuparse por la imagen que se llevan los turistas, y por si sabrán aprovechar la dicha de vivirla en estos días del gozo. Aunque los de aquí seamos los más catastrofistas profetas de la deriva de la ciudad.
Calmada la luz, al pasar por la calle Córdoba paramos ante el tenderete del incienso. Al pedir una bolsita de 'Cristo de Burgos', mi hija reparó en el incienso de vainilla. Pedimos otro saquito y el que suscribe hizo la gracia –maldita gracia–, de aventurar que pronto harán incienso de torrijas. El joven dependiente del histórico y sencillo tenderete, con tanta elegancia como contundencia, me respondió: «El incienso de vainilla es la base de, entre otros, el de la Macarena... Nosotros hacemos inciensos tradicionales cofrades, no hacemos ese tipo de cosas. Somos una casa seria».
Apenas pude balbucear un sí, claro. No parecía el momento de explicar que me uní a aquella movilización de letras que reclamó a principios de la década la permanencia en este enclave de este negocio familiar histórico como patrimonio olfativo de la ciudad. Pagué, me di la vuelta y caminé con el bochorno puesto, convencido de que con mi comentario había presentado en tan sevillanísimo lugar mi candidatura a tonto del día. Aunque también con la grata certeza de que mientras queden casas y cosas tan serias y guardines dependientes celosos frente a la tan extendida banalización de todo, la ciudad podrá estar en venta pero su esencia permanecerá inalterable, aunque creamos que se nos está escapando como el humo de su incienso.