DE RABIA Y MIEL
Sobres
Se lleva el dedo a la lengua e intenta con un poco de saliva quitar un rasponcillo que hay al lado de la figura del león
ayer iba vestido de traje, con sus mejores galas, repeinado para atrás. Flow lametón de vaca. Hoy ya no, hoy la historia se le acaba, pero va de vuelta con algunos sobres en la maleta. Muchos kilómetros a sus espaldas, dos o tres áreas de ... servicio en las que paró a repostar. No es nadie y es todos a la vez. Pide un pincho de tortilla, se toma un café solo. Le felicita la Navidad a la camarera, ella añade buenos deseos para el año nuevo. Paga en efectivo para dejarle las vueltas de propina. Bote. Hay navajas en un estante, varios señores mayores en la barra, decoración reciclada de otros diciembres, camioneros que entran en los aseos con sus macutos.
La Niña Pastori suena un par de veces en apenas veinte minutos. Un tipo se abre la riñonera delante de la tragaperras y comenta en alto, como tratando de justificarse con su reflejo frente a la máquina, que el premio está a puntito de caramelo. Ojalá la suerte le sonría. Nada, se lo chupó la muy maldita. Ahí iba la Play del niño, suelta como si toda la venta le estuviera escuchando antes de salir a fumar. Ojalá estar seguro de que bromeaba.
De vuelta al coche, se lleva el dedo a la lengua e intenta con un poco de saliva quitar un rasponcillo que hay al lado de la figura del león. Aún le queda un trecho. En la carretera escucha música y se pone a devanar de sus asuntos. Recuerda el discurso que dio anoche, le invade una nostalgia que le abraza, que marida a las mil maravillas con el tema que sale de la radio. Echa de menos la libertad. Piensa que hace unos años estaría de copas en la calle, con los chavales, persiguiendo a alguna niña, prometiéndole un invierno infinito. Y ahora aquí, con los grilletes del futuro puestos, transportando en la trolley unos sobres que no se le van de la cabeza, que son lo único que le queda y le ilusiona de esta travesía. En fin, es ley de vida. De esa vida que ha elegido. Así se construye el triunfo.
Hay que joderse, en el horizonte un control de la Guardia Civil. Mira la velocidad, aminora el paso. Reza lo que sabe para que no le den el alto. Baja la ventanilla y un agente se asoma un instante a la ventana. Feliz Navidad. Feliz Navidad. La ojeada es rápida. Circule. Muchas gracias, buen servicio. Resopla y continua su camino. No quería, pero al final se le va a hacer de noche en la carretera. Disfruta del atardecer y vuelve a devanar sobre una nostalgia traicionera, pero alegre. Llega a la conclusión de que es bonito tener donde mirar hacia atrás. Ya por la zona, tiene que dar varias vueltas antes de aparcar el Peugeot.
En su chabolo de 40 metros cuadrados sin luz se pone a deshacer el equipaje, deja todo ordenado y preparado en el cuarto y saca los sobres. Se los lleva a la cocina. Deja uno atemperando y mete los demás en el frigorífico. Está contento, mañana cuando se levante a currar se hará una tostada de jamón y se acordará de su madre.