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Antenas

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Anda el patio revuelto: los niños fuera de las clases, los profesores arengando, los padres en un grito, los munícipes en busca del informe que avale el contrainforme, las compañías impertérritas, los gobernantes parapetados en sus comités de expertos y el pedazo de antenas que sobrevuelan tejados desafiándonos a todos. Unos le llaman tecnofobia, y el caso es que las fobias son legítimas, manifiestan un temor de la población y requieren transparencia informativa y seriedad en esto de las causas azarosas del cáncer. Según la OMS, los informes de los eminentes institutos de salud pública, la Recomendación de la UE y el Informe técnico «Campos electromagnéticos y salud pública» elaborado por el Comité de Expertos del Ministerio de Sanidad y Consumo, no existen evidencias científicas ni concluyentes que relacionen cáncer con campos electromagnéticos.

El nivel de exposición que establece la Recomendación europea de 1999, basado en el principio de precaución, es el máximo al que están expuestos la mayoría de ciudadanos en contacto con estaciones base que acumulan diversas antenas de telefonía móvil. Sin embargo existe un miedo creciente y una verdadera aprensión a la instalación de nuevas antenas, miedo que va en paralelo a la aparición de casos de cáncer y leucemia infantil en centros escolares cercanos a este tipo de antenas. Mientras las autoridades se afanan por tranquilizar los ánimos, los vecinos, padres de familia y consejos escolares piden soluciones, mientras que la ley ampara a las compañías, y el hecho de que tres de cada cuatro ciudadanos utilicen el móvil les da más fuerza. Entretanto el tema del cáncer y su crecimiento progresivo en las sociedades industriales es algo desconocido para la mayoría de los ciudadanos pues en las naciones con mayor investigación en el tema, como es el caso de los EEUU, existe una imbricación entre las asociaciones de lucha contra el cáncer, institutos de investigación privada o pública, y los laboratorios farmacéuticos, el sector químico y de los hidrocarburos, dedicándose millones de dólares al diagnóstico y tratamiento de la enfermedad y prácticamente nada para la prevención, de tal manera que muchas sustancias cancerígenas aderezan nuestros alimentos, entornos laborales son nocivos, y gran parte de los pesticidas cancerígenos se siguen utilizando y vertiendo a nuestras aguas y aires, sin que haya investigación ni medidas preventivas para reducir estos tipos de exposición.

Habría que escarbar mucho, cambiando el esquema mental del cáncer para empezar explicarar por qué los muchachos de Ronda, Martos o Valladolid han enfermado y cómo pueden curarse al margen de las nocivas quimio y radioterapia. Esto es la punta del iceberg que es la resistencia global del sistema industrial y sanitario para un cambio en profundidad. Ahora le ha tocado el turno a las antenas.

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