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Arte de untar la tostada

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¿Quién no se ha enfrentado desfallecido a un crujiente mollete cuando llega oportuna la hora del desayuno? Hasta hace unas semanas ignoraba que los sibaritas se encajaran tan temprano en las barras de los bares, pero desde que asistí hipnotizado al espectáculo que describiré a continuación, pienso que podemos afirmar que «por sus tostadas les conoceréis».

Hay gente que amanece cabreada y coge la tostada para machacarla contra el plato, reduciendo así su desayuno a una ración de escombros pringantes. Luego están los que tienen prisa porque viven agobiaítos en la oficina, y que siempre se dejan media tostada flotando sobre charcos de café con leche. También hemos identificado al agonías que se ventila una porción en una sola media, y que inevitablemente pide otra o manga la que dejan los irresolutos. Los irresolutos jamás terminan su tostada y apenas consumen media porción, poniendo en peligro la vida de los siguientes comensales, a no ser que un agonías se ventile los restos antes que el camarero rellene el bote en la cocina. Y así existen diversos tipos de parroquianos hasta llegar al «voyeur», que es ese que nos relame con la mirada mientras desayunamos y que uno nunca sabe si debe darle un mollete o un molletazo. Pero al artista todavía no lo habíamos visto.

Cualquier porción de mantequilla, sobrasada, manteca de lomo, roque, zurrapa, pringá, manteca colorá u otras delicias vespertinas de bote, se me antojan ahora esencias en conserva, frascos de colores y pomadas magistrales, pues aunque hay gente que embadurna la tostada como si embetunara un zapato o aplastara mezcla sobre un ladrillo, por fortuna también existen quienes lo hacen con una perfección que roza el bricolaje o el pecado.

Aquel hombre no era nada joven, y acaso ha depurado su desayuno ritual durante décadas. Primero abrió el mollete con una delicadeza infinita, como si buscara una perla. Luego fue aplanando la superficie de las rebanadas con el canto del cuchillo y alisando la miga con la misma unción con que se extienden las sábanas antes de una noche de bodas. Entonces comenzó a untar su tesoro.

Con un sentido maravilloso de la proporción dividió aquella exquisita materia; y lento, primoroso y delicado fue poblando cada media de sabores y texturas. A mí me hechizó su manera de miniar el pan, el esmero con que remataba los encajes de la tostada y el vuelo rasante y cremoso de su herramienta. De niño me fascinaba ver cómo la madre Paloma trazaba las vocales en mi cuaderno de caligrafía y ese hombre me devolvía esas magias remotas desde la barra de un bar sevillano. Quizás no sabía que era un artista, pues mientras él trabajaba con pan de oro, los demás enfoscábamos malamente nuestras rodajas.

Josep María de Sagarra describe en sus «Memorias» (Anagrama, 1998) las meriendas de los jornaleros payeses: los platos de loza, las barquichuelas de mimbres, los cubiertos de madera, el porrón de vino y los sacos de hilo colmados de legumbres. El niño que fue Sagarra contemplaba traspuesto cómo esos campesinos «engullían la dorada viscosidad del aceite, el nácar de la cebolla, el verdor poroso y opaco del pimiento y la dulzura rojiza del tomate, como si sorbieran la misteriosa médula de la Creación». Sagarra nos regaló esa visión perfumada de literatura y yo reconocí ese aroma mientras desayunaba en «Las Nieves».

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Un milagro discreto y cotidiano, un artista secreto y desconocido, un arte humilde y antiguo. Sabemos que el pan es un regalo de los dioses y que algunas divinidades habitan en su preciosa miga, pero untar la tostada con arte es un placer mundano y exquisito, una fiesta matinal y más bien sevillana.

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