Hay una Cofradía, entre las muchas y señeras de la Semana Santa de Sevilla, que destaca por su seriedad y austera devoción. Se la conoce como la de la «Sagrada Mortaja». Sus imágenes reproducen el momento estremecedor en el que el cuerpo muerto de Cristo reposa en el regazo de su madre. En su «estación de penitencia» el paso de esta hermandad va acompañado de dieciocho ciriales encendidos. Para algunas tradiciones, estos candeleros son signo de respeto y veneración a un difunto querido e importante. Según algunos apócrifos, dieciocho fueron los testigos de esa tierna y dolorosa escena de Jesús en brazos de su madre.
Tenemos ya los personajes y las alegorías para componer nuestro breve Auto de Pasión, en el que, entre desgarrones de muerte, llega la apoteosis de la vida. Por el proscenio van desfilando: el mal, que habla de soberbia y desobediencia; las tinieblas, que se adueñaron de las mentes y las confundieron; la amargura, que se hizo la dueña de los sentimientos y de las intenciones; la muerte, que presume, triunfante, de haber ganado la batalla.
En ello estábamos, cuando irrumpe en el escenario el Señor de la Vida, que carga sobre sus espaldas todos los males, que hace suyas las heridas de la humanidad y, de sus carnes abiertas, manan sin cesar, y con prodigiosa abundancia, todas las luces y claridades. Es la apoteosis del Amor y el triunfo definitivo del Bien.
Hasta aquí el Auto de Pasión. Ahora comienza el Misterio. Ya no hay escenificación, ni relatos para la memoria, ni arcano indescifrable y profundo que sólo los muy iniciados descubren. El Misterio no es otro que el de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Una verdad grande, llena de actualidad y vida, que únicamente la comprenden los sencillos, los que son capaces de recibir la fe que el Padre, generosa y gratuitamente, otorga.
Murió por nuestros pecados y ha resucitado para que la justificación sea completa. Cuando San Pablo escribe estas palabras, piensa en la intervención de Dios en el oscuro entramado de una vida, la nuestra, que se debatía entre el mal y el deseo de salvación. Todo ello tenía su origen en el orgullo, en el pecado. Dios, en Cristo, es quien libera y salva, con su favor y gracia, de cuantas ataduras dejara la culpa en las entrañas del hombre. Gracias a Cristo se ha recuperado la libertad perdida, la posibilidad de ver a Dios en la huella de cuanto ha sido creado, la alegría de poder cantar las bienaventuranzas con la seguridad de que se cumplirán las promesas para aquellos que practiquen el bien y sigan caminos de justicia y de misericordia.
Sus heridas nos han curado, exclamación gozosa que hace San Pedro ante el recuerdo de la pasión de Cristo. Son, naturalmente, las llagas de un amor inmenso. Las heridas son la señal. El bálsamo que las cura no puede ser otro que el amor del Padre, que deja llegar a su Hijo hasta la cruz y la muerte.
Ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa. No es de extrañar. El amor grande es así: no espera, ofrece. No tiene cuentas del mal, confía en el bien siempre posible. Hemos sido, pues, justificados ante Dios por el amor de nuestro Señor Jesucristo. Reconciliados y unidos con el Padre. Pero, liberados, para liberar. Reconciliados, para unir. Justificados, para poder vivir con fidelidad en la línea recta del derecho y ser cuidadores de la justicia.
La Pasión es también misterio de obediencia, no tanto de sumisión como de un amor inmenso al desvalido. Nuestra necesidad «obligó» a que la misericordia de Dios enviara a su hijo Jesucristo como salvador de lo que estaba perdido. Nunca mandato más obligado que el que se produce motivado por el grito del indigente, del excluido, del oprimido por el pecado, por la injusticia, por el desamor.
Cualidad de esta obediencia tan santa es la de llevar el mandato hasta el final, hasta la muerte y ésta de cruz. El mejor y más perfecto obediente ha sido Cristo, pues el grado de tan noble sumisión ha de medirse por la entrega sacrificada por los demás, por el amor sin medida.
Ejemplo y gracia de Cristo que abren, en lo más profundo del hombre, las mejores y más grandes posibilidades de contemplar y de vivir: estar siempre mirando a Dios, a su querer y voluntad, y animar codo a codo con el hombre, que éste es sendero que se debe recorrer. Del contemplar a Dios y del estar entre los hombres surgieron afanes de paz de la buena, de esa que tiene su asiento en la justicia, en el perdón y en el amor fraterno.
Auto y Misterio coinciden en dejar buen ánimo y consejo para enderezar caminos de fe olvidada y de moralidad perdida. La misericordia ha de ofrecerse siempre como el mejor de los itinerarios para llegar al Misericordioso. Y dejarse reconciliar por Él, llenándose de gracia al beber del perdón en los manantiales del sacramento.
Los pecados no han de defenderse, sino de confesarse. Y admitir culpa y, también, deseo de limpieza y propósito de enmienda para, en adelante, llevar una vida nueva, reconciliada y santa. A ejemplo de Cristo, que se humilló siendo Dios. Abrazados a tan santo Hermano, todo se comprende, pues el amor es más fuerte que la muerte, y la luz, que de ese querer dimana, tiene sobrada fuerza para disipar cualquier tiniebla.
Buen cuidado se ha de tener ahora, recomienda San Juan de Ávila, de no robar nunca a Cristo los ojos de sus cristianos. Sobran los engreimientos y poderíos ante el abajamiento del Humilde. Hay que dejar a Dios su lugar y primacía: la que tiene como Señor de cuanto existe. Que sembrar espinas y querer recoger buen trigo, no es razón. También ésta es reflexión del santo Maestro Ávila. Siembra, pues, misericordia y gozarás con la alabanza de tu Señor. Ofrece la caridad, y te alegará el gozo de la obra bien hecha. Sé humilde, y tendrás un puesto adelantado para contemplar la paz.
Habíamos comenzado con la representación y el Auto de Pasión. Concluimos con el Misterio. Ya no hay alegorías. Imágenes y figuras han desaparecido pronto de la escena. Queda únicamente la Verdad, despojada de todos los ropajes de las apariencias. Es Cristo, desnudo y crucificado. Solo cabe ya la adoración, que es honrar al que ha vencido. Y besar sus heridas, pues son señal de victoria con un amor de eficacias infinitas.
Nada sabemos de la tradición sobre el número de las personas que acompañaron a Cristo en su camino al sepulcro, pero innumerables son los testigos que a lo largo de la historia lo contemplan resucitado.