Están los agricultores almerienses mosqueados con Italia y pidiendo explicaciones a su Embajador por lo que consideran una campaña infame contra sus productos, lo que achacan a la envidia que sienten los italianos por el lustro y tamaño de sus pepinos y el inigualable valor de sus calabacines. Sienten nuestros agricultores cómo la envidia y la mala fe pueden cerrar sus mercados y lo reducen todo a una cuestión cercana al honor: les han tocado en sus partes más íntimas, entre pepinos, nabos y calabacines.
No estaría mal que en vez de pedir explicaciones a la más alta autoridad italiana en España, los agricultores y mercaderes almerienses tomaran la crítica del programa «Porta a Porta» de la RAI como un aviso a navegantes y empezaran a cambiar lo peor de lo mejor.
Lo que ayer era un desierto hoy es una zona con la mayor concentración de bancos de toda la región. Una especie de mina de oro basada en los cultivos de plástico y en la producción intensiva de hortalizas que como los dorados de antaño ha crecido arrasando. Para inundar los mercados europeos de pimientos, tomates, berenjenas y calabacines los agricultores no dudan en utilizar todo tipo de fertilizantes, pesticidas y plaguicidas en cantidades ingentes: productos tóxicos que requieren una dosificación precisa y cierto escrúpulo en su uso.
El pasado año, durante el aniversario de los sucesos racistas de Almería, muchos países europeos criticaron abiertamente las condiciones infrahumanas en las que se encontraban estos trabajadores. Si el empleo es precario, la vivienda un guetto y se muele a palos a aquellos que se manifiestan pacíficamente ¿cómo serán las condiciones ambientales y sanitarias bajo plástico con temperaturas de 50º en las tardes del estío? ¿Fumigarán con mascarilla y guantes? ¿Qué pasa con los envenenamientos y las alergias?
En vez de fijarse en el tamaño de los calabacines debieran concentrarse en crear nuevos productos biológicos con un mercado creciente de alto nivel adquisitivo y de establecer condiciones laborales y ambientales dignas para que cualquier persona que trabaje en los invernaderos no arriesgue su salud ni la de los consumidores de pepinos.