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El caso Cuéllar

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Lo fue todo desde que empezó de infantil y en esas estaría si una maldita lesión no lo deja con secuelas que, a la larga o a la corta, son irreparables. Asombró a Heliópolis cuando todavía era un niño, deleitó en el filial y, cuando subió al primer equipo, notó primero el cambio para, después, en madurez profesional, no de años, con Lorenzo Serra, alcanzar el lugar de privilegio y, también, su fichaje por el F. C. Barcelona. Allí empezó el principio de su fin cuando, ya escribo, le cayó en desgracia la lesión más grave que pueda temer cualquier profesional del fútbol.

Y volvió al Betis. No lo entendí en su momento porque este tipo de lesiones siempre guarda la factura pendiente y el pago es la recaída o, cuando menos, ese bajón en rendimiento, simple y llanamente porque no se puede más, que delata las dificultades. Tampoco lo entendió mucho beticismo cuando el propio Lopera consideró casi traición a la causa albiverde el que se fuese al Nou Camp, aunque el presidente bético olvide en un rato lo que en un momento de acaloramiento dice.

Ya no era el mismo ni podía serlo ni se le esperaba que fuera. Cierto que el jugar al fútbol, como el montar en bicicleta, no se olvida. Pero no llegaba al nivel de competición exigible.

Se le hizo un contrato de larguísima duración que, en este y otros casos, es una barbaridad. Y ahora tiene problemas con el club. Expedientado, abogados por medio, palabras altisonantes, lío de pretemporada y razonamientos en el aire. Pero no hay efecto sin causa y contratos eternos sin sentido alguno.

fdezdecordoba@abc.es

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