«La primera vez que me cogieron fue, se lo juro por lo que usted quiera, porque me engañaron, que yo no sabía de qué iba la cosa y me utilizaron para traer hachis, me trincaron y aquí estuve tres años, tres años, Dios, con lo largo que son todos los días y todas las noches, y, cuando los pasé, volví a caer porque ya estaba enganchada, y, además, porque aquí entré sin un duro y sin un duro salí y, al salir, ¿qué iba a hacer? ¿encontrar trabajo? ¿con antecedentes penales encontrar trabajo? Pues tuve que volver, ya por pura necesidad, al trapicheo, ya sabes, ¿qué voy a hacer si no si aquí no aprendí más que todo lo malo que no sabía?, y caí otra vez, y otra vez que terminé en el maco, donde estoy hasta el dos mil seis, fíjese, veintiocho años que tengo, que me quedan todavía por delante tres más, que me pongo en treintaiuno y que me han dicho, eso sí, que puede que dentro de poco me den el tercer grado, ya sabe, el poder ir a mi casa desde el viernes hasta el lunes, y ¿sabe lo que le digo? Que no sé qué hacer, si aceptar o no el tercer grado. ¿Y sabe por qué? Porque me planteo el mismo problema que la otra vez. Primero, que no tengo dinero ni para pagarme el taxi que me pueda llevar a mi casa, porque aquí no llegan los autobuses, y eso son ya tres mil a la ida y otras tres mil a la vuelta y no se las puedo pedir a mi madre porque ella, la pobre, demasiado hace con mantener a mi hijo de cuatro años y tirar palante y no me las puede dar. O sea, que verá cómo empiezo y todavía no he salido de aquí. Y, claro, después, lo de siempre: ¿Colocarme? ¿Y en qué? Los antecedentes ya espantan a cualquiera y, después, ¿qué sé yo hacer, qué formación tengo, para qué puedo servir? Sí, ya lo sé, porque desde fuera se ven las cosas de otra manera y es muy fácil dar consejos y decir que no me junte con los que me juntaba, que luche por salvar mi libertad interior porque esa, eso sí, no quiero que me la quite nadie, que intente portarme aquí lo mejor posible, que elija el camino contrario al que llevaba, que me olvide del trapicheo, que no me deje engañar, que tenga paciencia, que luche y que luche, pero, cuando me veo sola, cuando no creo en nada y mucho menos en la justicia, cuando me miro y me veo aquí dentro, ¿cómo voy a creer en la reinserción si nadie me ayuda a que pueda reinsertarme? ¿Es que desde fuera, de una desgraciá como soy yo se va a acordar alguien, no ya de mí sino de cualquiera de las que aquí estamos? Aquí nos cogieron un día, sí, porque habíamos trapicheao, nos juzgaron, nos condenaron y nos olvidaron porque no somos nadie y aquí, claro, empezamos a pudrirnos y, oye, que es muy grande y muy triste tener veintitantos años y saber que aquí, en el mejor de los casos, vas de mal a peor, o de peor a imposible, pero es que fuera, ¿qué hay fuera que nos pueda reinsertar? Aquí dentro estoy en un taller y gano un dinerito, poco, pero me administro para el tabaco, para beber, para champú del pelo, pero lo que yo quisiera es aprender, tengo el graduado escolar, yo qué sé, aprender a administrativa, saber algo por si después, si salgo y no vuelvo, pueda ganarme la vida sin, ya sabes, el trapicheo, volver a lo mismo, los que te enganchan, los que te dejan tirada, pero como la hora del taller coincide con las clases, pues no puedo porque sin el taller no tengo un duro y de qué me sirve estudiar para cuando salga ni no puedo vivir sin un duro ni aquí dentro. Y claro, si salgo y no encuentro ná y si con el trapicheo sí que lo encuentro ¿Qué hago? Desde fuera no se ve; hay que estar aquí viviéndolo y muriéndote un poquito cada día ¿Comprende por qué no puedo creer ni en nada ni en nadie? ¿Comprende ahora el por qué?».
Y vi, en sus enormes ojos negros, brillantes como tizones, la respuesta de sus lágrimas. Y la comprendí.
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