Muchos de ellos han pasado de creer que el campo era eso verde que estaba al lado de los pueblos y rodeado de vacas, cabras y ovejas a darle clases a quienes de él y de ellas viven para enseñarles cómo deben hacerlo; en muchos casos no han pisado más verde que el de la moqueta del despacho y, desde allí, han elaborado proyectos, anteproyectos, informes, contrainformes, estudios, dossieres, planes y contraplanes a base de estar celebrando permanentemente reuniones de planificación y objetivos – «está reunido» es la respuesta que dan de ellos cuando se les llama por teléfono– en las que se suele conseguir el no-va-más de la incompetencia absoluta y el récord de Guines de su propia mentecatez: Hacer de cada solución un problema, o crear un problema ficticio donde siempre hubo una solución natural o, rizando el rizo de su pé-pé-o ecológico, sin más base que los, por otra parte, maravillosos e inolvidables vídeos de Félix Rodríguez de la Fuente, dos excursiones a una granja escuela y un fin de semana en la sierra, sin llegar a distinguir una encina de un alcornoque, a sentar plaza de experto –¿quién dará los carnés o salvoconductos de expertos sin cotejar experiencias nulas y conocimientos desconocidos?– que, hablando excátedra desde el púlpito del cargo que le dieron por ser del partido porque se hizo, de la noche a la mañana, defensor del medio ambiente o del ambiente entero porque, ¿para qué se iba a quedar en la mitad si el sabía más que nadie?, ya se podía permitir el lujo de defender la conservación de los buitres negros, por poner un ejemplo, aunque los conociera por un dibujo de un diccionario ilustrado, un cromo o unas imágenes de Fauna Ibérica, u oponerse, con la vehemencia imbécil del converso, a que se colocara un sólo ladrillo de más en un cortijo no fuese a crearle estrés a una especie en extinción que, afortunadamente, no fuese la suya de vividor del ecologismo en base al equilibrio ecológico de las especies llamadas a desaparecer por la ambición de los demás –jamás de la suya, aunque la suya sea vivir del cuento verde– por destruir la naturaleza con lo bonito que es que los cielos sean azules, los pájaros canten, las abejas vayan de flor en flor, los plateros retocen por los prados poéticos, los manantiales sean cristalinos y, por supuesto, que la mano del hombre, aunque ese hombre viva y haya vivido en el campo y del campo desde hace varias generaciones, no vaya en contra de lo que él cree que es el ecologismo pluscuamperfecto y se le ocurra, siguiendo el ejemplo de la experiencia de sus antepasados, hacer las cosas como le enseñaron sin necesidad de organigramas, planes, anteproyectos, informes y demás parientes y afectos de una burocracia de las que viven los que no saben hacer otra cosa.
He conocido casos en los que se le ha pretendido negar a ganaderos de reses bravas, no sé si por europeísmo antifiesta, si por el puro furor de acabar con ella, aunque con ella pudiera acabarse toda una variedad del ganado vacuno como es el toro bravo, el hacer una plaza de tientas o un embarcadero de reses y sólo consintiendo la construcción de la primera si sus colores no causaban impactos negativos al medio ambiente –no sé si pretendería que los burladeros fuesen pintados de verde oliva o celeste cielo– o tolerando el segundo al admitir, aun con muchas reservas mentales y no pocas dudas generadas por sus cortas luces, el razonamiento del ganadero:
– Es que, mire usted, el ganado hay que trasladarlo en camiones y para ello es necesario contar con un embarcadero, salvo que usted quiera que suba las reses de cuatro en cuatro en el todoterreno o les compre billete en el autobús de línea.
¿¡Qué sería de este país sin los ecologistas de despacho o enegés!?
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