Elevar la anécdota, sacándola de sus casillas, para otorgarle rango de fundamental es como darle pábulo a la estupidez, aunque vivamos un presente en muchos medios informativos, no sólo en la llamada prensa del corazón, que parecen buscar sus beneficios, y no sólo éso sino que hasta los encuentran, revolviendo entre el estercolero de los personajes-basura para envolverlos en el cuché de colorines o metiéndolos en los cuartos de estar por crónicas más o menos marranas saciando de esa forma el hambre de morbo con el manjar de dioses de las moscas - la mierda- pues lo que interesa es la cuota de pantalla y, cuando no hay estiércol de donde sacar, acuden a magnificar cualquier pamplina o bobada para que no decaiga el invento y puedan seguir engordando a los cerdos, que son los únicos capaces de digerir tantas cerdadas.
Hay que ver la que se ha formado, y la que se pretenden seguir formando, porque no pararán hasta que no se haga la pretendida justicia que ellos quieren, por la celebración de un gol, borrándose lo fundamental -el partido, el juego y la goleada de un equipo- en beneficio de un hecho que pasó casi inadvertido para los espectadores del partido y que únicamente ha saltado a la palestra, incluso, de primeras páginas, al agrandar lo trivial sobrepasando las fronteras de lo grotesco.
Esta especie de práctica voyeurista, la que permiten los mil ojos de las cámaras de televisión, debería aplicarse en cosas serias, como auxiliar al árbitro para subsanar errores, y no en tonterías con más o menos buen gusto.
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