LA artillería argumental del Gobierno suele percutir con recurrencia sobre la falta de proyecto y coherencia en el PSOE, que va desde la versión actualizada del «carajal autonómico» de Borrell -ahora en forma de federalismo asimétrico- a la indefinición ideológica, los titubeos sobre política fiscal o las contradicciones entre la dirección federal y las baronías territoriales. Existe, sin embargo, una línea táctica que se viene manifestando de un modo bastante homogéneo, casi secuencial, desde 1999, tanto en el escenario nacional como en el autonómico, y que si no responde a un plan exacto se desarrolla como si así fuera. Se trata del esfuerzo por aislar al PP frente al resto de las fuerzas políticas, para presentarlo como un factor retrógrado, monolítico, cerrado al diálogo y poseído por un denso hieratismo autoritario.
Ese plan táctico -que responde a la evidente estrategia de recuperación de poderes parciales antes de asaltar la Moncloa- parte del acuerdo insular en las Baleares, en 1999, es decir, antes de la llegada de Zapatero, y culmina por ahora en el movimiento de desmarque en el País Vasco, ya claramente visible después de la renuncia de Nicolás Redondo. En medio están la intentona de alianza con Izquierda Unida en las generales de 2000 -con su correspondiente y estrepitoso fracaso-, la aproximación al nacionalismo gallego de Beiras -igualmente naufragada ante el huracán fraguista- y los pactos en Andalucía con el PA y ahora con IU, que sí han permitido a Chaves configurarse un horizonte muy despejado en el que puede permitirse el lujo de elegir el menú de estabilidad a su derecha y a su izquierda.
En todos estos procesos resulta perfectamente visible una línea común, que pasa por el aislamiento del PP, en el gobierno o en la oposición, frente a un teórico bloque de progreso. El dato de que esta estrategia comenzara en la etapa de Joaquín Almunia y la evidencia de que es en Andalucía donde ha cosechado sus mejores resultados parecen avalar la hipótesis de que se trata de una idea de origen tardofelipista, en cualquier caso ajena en su origen a la actual dirección del partido.
El último episodio táctico de esta naturaleza es el que se está produciendo en el País Vasco, donde ya son numerosos los dirigentes que no se recatan en proclamar su intención de forzar el aislamiento del PP, aunque la tesis oficial insista en buscar una posición propia equidistante entre los populares y los nacionalistas. La equidistancia fue, precisamente, uno de los grandes reproches morales que los socialistas hicieron al PNV en la campaña de mayo pasado, un reproche en el que destacaron el actual presidente de la gestora vasca, Ramón Jáuregui, y el previsible candidato a la sucesión de Redondo, Patxi López, elocuente y florido citador de los versos de Paul Eluard sobre la libertad, escritos bajo el impulso de la resistencia antinazi.
Ocurre, sin embargo, que si en Galicia es fácil identificar a Fraga con el oscurantismo monolítico de un régimen casi perpetuo -el mismo, paradójicamente, que en Andalucía defiende con éxito Chaves mediante una política de compraventa de favores y parcelas secundarias de poder-, el cambio de adversario en Euskadi puede suponer una sensible confusión de objetivos difícil de asimilar por la opinión pública española. En España, la mayoría de la gente piensa que el principal problema vasco es el terrorismo de ETA y las actitudes ambiguas, o complacientes, del nacionalismo. Este, por el contrario -o sea, la mayoría del electorado vasco-, identifica al PP como principal problema para la convivencia, como acaba de sugerir la postura oficial del propio Gobierno autónomo de Vitoria.
Hasta ahora, los socialistas vascos habían venido compartiendo el análisis constitucionalista, refrendado por una amplia base social interpartidaria en España. Cambiar de prioridad significa empezar a compartir de algún modo la idea de que el problema vasco son las víctimas antes que los verdugos. Aun soslayando la repugnancia moral de esta premisa -en política los principios éticos tienden a considerarse secundarios-, constituye una aberración lógica que va a plantear serios problemas de entendimiento ciudadano.