Golpes de ingenio como respuesta a iniciativas escasamente ingeniosas están sirviendo en los últimos tiempos para hurtar el debate de fondo que subyace alrededor de la profesionalización del Ejército y de sus cortos e improvisados planteamientos, amén de sus aún más escasas alternativas, conforme viene a demostrar ahora la experiencia acumulada.
Pensar que, por algo más de veinte mil duros al mes, los jóvenes españoles iban a desfilar en masa por las oficinas de enganche al Ejército Profesional se ha visto ahora que no era otra cosa que un error táctico con visos de ruina. Al principio, la cosa sirvió y auguraba buenas perspectivas, pero pronto se comprobó que la idea no era otra cosa que un espejismo que se iba desvaneciendo poco a poco, por más que se redujeran las exigencias para los aspirantes. El boca a boca hace mucho, y los tiempos, misiones internacionales incluidas, no son ya los mismos. Ni hay tanta desesperación laboral juvenil, me atrevería a decir, como para hacerse profesional de algo que, como mínimo, exige sacrificio, mucha vocación y olvidarse de que el contrato tiene fecha de caducidad.
Se puede ser funcionario porque se quiere trabajar, a secas. Pero no se puede ser militar sin previa vocación, y ésta no se hace a golpe de exhibiciones en la plaza del pueblo una vez al año, como si de un circo se tratara. Si no se convive con el Ejército y si la educación integral de la juventud, desde el colegio, no incluye nociones suficientes sobre lo que significa, difícilmente pueden sentirse lazos afectivos hacia algo que ya casi no existe en la vida cotidiana. Porque esa es otra: al error táctico del planteamiento del Ejército Profesional, bueno, bonito y, sobre todo, barato, se une el error estratégico de replegar las unidades y eliminar la mitad de los cuarteles como si España tuviera la extensión de Siberia y movilizar una unidad de un extremo a otro pusiera en riesgo la defensa nacional.
Bien habrían hecho los estrategas con aunar una idea y la obra, porque seguro que con el organigrama anterior a la dichosa reorganización, las referencias de la población y especialmente las de los potenciales soldados profesionales serían muy distintas. Veinte mil duros por una movilidad geográfica es una miseria, pero tal vez no lo sea tanto si el cuartel está más cerca y se puede ir a comer y a dormir a casita, por lo menos de vez en cuando. A lo mejor así no hacen falta ni «majorettes» ni esperpénticos vigilantes de seguridad para custodiar el núcleo fundamental de la defensa de España. Vamos, que tal vez así hubieran sobrado el debate, las propuestas ingeniosas y las salidas de tono.