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A esas guerras, que vayan solos

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A todos nos hace mucha gracia que en el Senado de Idaho vayan a votar a favor de la autodeterminación del País Vasco, pero se nos olvida que las actas de nuestros ayuntamientos están llenas de mociones, aprobadas con ingenuo énfasis de la izquierda, sobre mil y un asuntos de la política exterior norteamericana. La diferencia reside en que siempre hay algún tonto vasco que se toma en serio la cuestión -e incluso el embajador de España ha fruncido el ceño de la protesta, en vez de pedir con humor una entrada para la función de circo-, mientras que en los Estados Unidos no es que se pasen por el forro las mociones de los ayuntamientos españoles, sino incluso la mismísima voluntad de los parlamentos nacionales de media Europa.

Los Estados Unidos tienen una visión del mundo absolutamente etnocéntrica, que se pone de manifiesto cuando llega la hora de diseñar la política exterior. El 11 de septiembre, la administración norteamericana tuvo el coraje de no pedir perdón y no dejarse intimidad por un pensamiento débil que habría acabado invitando a Bin Laden a hablar ante la Asamblea de la ONU, pero luego su inmensa incapacidad para comprender al resto del planeta, incluidos sus aliados y satélites, le ha llevado a desperdiciar el consenso global para embarcarse en el viejo discurso expansionista salpicado de simplificaciones morales y políticas, como ese «eje del mal» que sólo por su formulación retórica ya huele que apesta a construcción dialéctica para consumo de masas gregarias.

Para la poca geografía que demostró saber en la campaña electoral, cuando se confundía sobre los Balcanes y tenía problemas de identificación de los griegos, el presidente Bush ha atinado con sorprendente precisión al recitar la alineación del nuevo enemigo de Occidente, que incluye estados tan poco populares como Georgia o Yemen, a los que la mayoría de los estadounidenses no sólo no sabría localizar en un mapa, sino que tendría dificultades para situar en un continente. (Aspecto en el que probablemente hay que admitir que tampoco fueran muy aventajados los estudiantes españoles).

La fabricación de nuevos enemigos, más los viejos como el Irak de Sadam Husein, que es ya casi un demonio familiar en sentido estricto, constituye un resorte demasiado simple de una política cuya simplicidad es tan asombrosa que choca el éxito que suele alcanzar entre la ciudadanía de un país extremadamente desarrollado. Puede que el ataque contra las Torres Gemelas haya anestesiado la lucidez colectiva de los Estados Unidos, pero los demás tenemos que conservar la racionalidad que nos quede.

Tras el 11-S llegó un momento en que había que estar con los agredidos por un imperativo moral y una necesidad de supervivencia, cuya expresión no se podía reducir al terreno de la retórica diplomática. Hacía falta una respuesta a la altura del desafío, y a ser posible bastante más fuerte para que no quedaran dudas sobre la determinación a tomar. Bush lo hizo muy bien: tuvo paciencia, templanza y fortaleza. Pero de pronto parece haberse iluminado con un extraño mesianismo intervencionista, como si le hubiese entrado prisa por repartir «urbi et orbe» la justicia de la que aún no sabemos si escapó el propio Bin Laden.

Y a esas guerras iluminadas, los demás no podemos ir. Ni globalización, ni aliados, ni gaitas. No podemos. El viejo Marx apenas es ya un eco en la Historia, pero sus análisis sobre el origen de las guerras como solución de las crisis económicas no han perdido vigencia porque se fundamentan en una realidad inmarcesible. Bush quiere una industria bélica para salir de la recesión, como hicieron algunos de sus antecesores. Allá él. Pero Europa no tiene argumentos para seguirle en eso. No hace falta militar en la antiglobalización para comprenderlo. Que vayan a combatir «el mal» los senadores de Idaho... si no se confunden de mapa.

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